mejorlavidasimple

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domingo, 19 de febrero de 2017

Cuarenta y siete escalones


He llegado a la edad de las mentiras. Ya no subo las escaleras sin contar los peldaños, y frente a la puerta, hurgo en el bolso con el pecho acelerado y las piernas deshechas. Saco las llaves, me digo que hay más escalones que ayer, y logro desacelerar la mente y reducir la presión del corazón oprimido. He regresado sin verte, por eso fuerzo la cerradura que no cede, fuerzo un poco más, una última vez, empujo hasta el final, no cede. Leo el letrero metálico bajo la bombilla, bordado con una grieta que es como una cicatriz del alma que sin derramar una gota de vida, sigue abierta. Estoy equivocada, aún faltan cuarenta y siete escalones para alcanzar su casa.
 
Dos plantas más arriba vivo desde hace trece años un amor agotado. Ese amor consumido tuvo un amanecer corto, duró doce horas hasta que se mutiló por completo y le estalló la tormenta. Con aquel cielo negro, no vi su ocaso, pero oí como aquella pasión que alumbró una vez el mundo, se ahogaba en la línea del horizonte y no quise hacer nada, moría, pero yo ya estaba cansada. No vi el crepúsculo largo y doloroso porque aquella frecuencia de onda no la entendían mis ojos, pero me desgarró la combustión de la rotura violenta de los enlaces, detrás de aquella fisión quedó abrasada la hierba fresca de una relación acabada, la tierra se hizo yerma y el duende agonizó en todos los rincones de su casa en la planta cuarta.
 
Hoy ese amor moribundo, sigue moribundo en una noche luenga y mansa, es un viejo cachorro famélico y asustado, manido por los huesos negros de las horas que pasamos juntos, y por todos los tipos de hambre que pueden sentir los dedos.
 
Hoy todo continúa por el bien de las heridas. Yo dejo que vayan creciendo los hierros en la cama y duermo agarrada a las rejas, en una cárcel que ocupa la mitad del lecho. Lo que no sé es si él, descansa en otra celda. Le oigo respirar, darse la vuelta, toser e intentar escupir alguna flema. Le oigo pero yo ya no me muevo, sólo abro los ojos en la oscuridad de repente, como quien siente posarse en el hombro una tristeza que viene a verte. Y, a veces, vienes tú, sin forma por mis sueños, y eres un pinchazo en el pulmón que casi lo revienta. Y la vida de ayer sigue mañana, tuve con él un hijo, no recuerdo bien si antes o después de la tormenta.
 
Ésta sí es la puerta. Dos vueltas a la llave, y suena el clic que da acceso a la fábrica desierta, entro con pasaporte caducado y cruzo torpemente la frontera. Ya no me aceptan los muebles, mis cosas yacen mustias entre tanta maleza. Siento el picor en el pelo, la piel seca, la miel de los ojos derretida y seca, los pies hinchados, el pantalón manchado en las rodillas y el bajo desgarrado, los zapatos planos que aprietan. Tengo apenas diez minutos para pelar las verduras y triturar cualquier deseo antes de poner la mesa. He regresado sin verte, y siempre es la misma mano la que tiembla y mece.
 
He salido porque sé que nunca coincidiremos en la cola del paro, ni en ningún contenedor de reciclaje del barrio; sé que no frecuentas el lugar donde soportan la tempestad los náufragos del sistema. Te he esperado en vano sentada en el banco, víctima de la debilidad del ser humano, y te he esperado en el café donde paso las tardes tumbando a golpes un futuro prometedor y brillante. Por eso, he salido a buscarte, y porque una vez, pasó un pájaro azul por tu semblante cuando tuve el valor de acercarme.
 
Como he llegado a la edad de las mentiras, me repito que por muy honda que tenga la astilla, puedo engañar al reloj y bajar los escalones a toda prisa.
 

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