mejorlavidasimple

mejorlavidasimple

martes, 21 de febrero de 2017

vida como título

es desnutrición
es gula
es impotencia
es hipertensión
es la claridad con que alguien mira la oscuridad de cerca,
es el desencanto de las horas baratas,
la mofa de las máscaras con rasgos carnales y reales,
es la mano que recibe tus dones y los aprieta
y no los recuperas.
es la hinchazón del vientre,
duro como una piedra
gestando la masacre natural de la semilla que prefiere no pisar tierra,
es el cuerpo anclado

y a la espera,
en guardia
hasta que la sangre ceda.


es la visión de los cartones viejos en las plazas,
empapados por las lluvias,
deshechos en lágrimas.
es el estiércol amontonado en las instituciones,
en los antiguos sillones,
son los sucios armarios c
on trajes impecables obscenamente caros y creados
para ser olvidados.

es la necesidad de hacer algo
y es la cruda realidad del desengaño.
es el sabio maltratado
escribiendo en vano en un pútrido cuarto del extrarradio.
es la mujer
que acude al comedor social
que posa al salir su mirada en el hombre que ama
casado desde hace años, con tres hijos y él triste como un drama.


es la fortuna encerrada en brillantes cloacas,
la suma de fatuas alhajas, el hedor que emiten sobre sus pieles blancas.
es el dolor que ocultan las noticias
y la alegría que manipulan para que sólo descansen las víboras.
es la Antártida
y es el océano en silencio rompiendo su corazón blanco en bloques de cemento,
es la falta de un manual para ser un animal digno de esperanza.


la vida acaba siendo
una sonrisa floja descolgada entre los dientes, que no convence,
muchos días de espuma mutilados en las rocas, que no comprendes.
la vida,
es la rana con miedo al agua al borde del estanque que cree será gaviota, si logra

dar un paso más hacia adelante.
es también y
sobre todo
una palabra hermosa,
y a veces

parece
que con eso
sobra.


domingo, 19 de febrero de 2017

Cuarenta y siete escalones


He llegado a la edad de las mentiras. Ya no subo las escaleras sin contar los peldaños, y frente a la puerta, hurgo en el bolso con el pecho acelerado y las piernas deshechas. Saco las llaves, me digo que hay más escalones que ayer, y logro desacelerar la mente y reducir la presión del corazón oprimido. He regresado sin verte, por eso fuerzo la cerradura que no cede, fuerzo un poco más, una última vez, empujo hasta el final, no cede. Leo el letrero metálico bajo la bombilla, bordado con una grieta que es como una cicatriz del alma que sin derramar una gota de vida, sigue abierta. Estoy equivocada, aún faltan cuarenta y siete escalones para alcanzar su casa.
 
Dos plantas más arriba vivo desde hace trece años un amor agotado. Ese amor consumido tuvo un amanecer corto, duró doce horas hasta que se mutiló por completo y le estalló la tormenta. Con aquel cielo negro, no vi su ocaso, pero oí como aquella pasión que alumbró una vez el mundo, se ahogaba en la línea del horizonte y no quise hacer nada, moría, pero yo ya estaba cansada. No vi el crepúsculo largo y doloroso porque aquella frecuencia de onda no la entendían mis ojos, pero me desgarró la combustión de la rotura violenta de los enlaces, detrás de aquella fisión quedó abrasada la hierba fresca de una relación acabada, la tierra se hizo yerma y el duende agonizó en todos los rincones de su casa en la planta cuarta.
 
Hoy ese amor moribundo, sigue moribundo en una noche luenga y mansa, es un viejo cachorro famélico y asustado, manido por los huesos negros de las horas que pasamos juntos, y por todos los tipos de hambre que pueden sentir los dedos.
 
Hoy todo continúa por el bien de las heridas. Yo dejo que vayan creciendo los hierros en la cama y duermo agarrada a las rejas, en una cárcel que ocupa la mitad del lecho. Lo que no sé es si él, descansa en otra celda. Le oigo respirar, darse la vuelta, toser e intentar escupir alguna flema. Le oigo pero yo ya no me muevo, sólo abro los ojos en la oscuridad de repente, como quien siente posarse en el hombro una tristeza que viene a verte. Y, a veces, vienes tú, sin forma por mis sueños, y eres un pinchazo en el pulmón que casi lo revienta. Y la vida de ayer sigue mañana, tuve con él un hijo, no recuerdo bien si antes o después de la tormenta.
 
Ésta sí es la puerta. Dos vueltas a la llave, y suena el clic que da acceso a la fábrica desierta, entro con pasaporte caducado y cruzo torpemente la frontera. Ya no me aceptan los muebles, mis cosas yacen mustias entre tanta maleza. Siento el picor en el pelo, la piel seca, la miel de los ojos derretida y seca, los pies hinchados, el pantalón manchado en las rodillas y el bajo desgarrado, los zapatos planos que aprietan. Tengo apenas diez minutos para pelar las verduras y triturar cualquier deseo antes de poner la mesa. He regresado sin verte, y siempre es la misma mano la que tiembla y mece.
 
He salido porque sé que nunca coincidiremos en la cola del paro, ni en ningún contenedor de reciclaje del barrio; sé que no frecuentas el lugar donde soportan la tempestad los náufragos del sistema. Te he esperado en vano sentada en el banco, víctima de la debilidad del ser humano, y te he esperado en el café donde paso las tardes tumbando a golpes un futuro prometedor y brillante. Por eso, he salido a buscarte, y porque una vez, pasó un pájaro azul por tu semblante cuando tuve el valor de acercarme.
 
Como he llegado a la edad de las mentiras, me repito que por muy honda que tenga la astilla, puedo engañar al reloj y bajar los escalones a toda prisa.
 

viernes, 10 de febrero de 2017

afilador

porque
no lo haces,
ella no soporta el roce,
la mano a contrapelo por alguno de sus miembros,
el tacto masculino del vampiro que da vueltas a la celda,
el alba negra
donde un espíritu de entrañas rojas y extrañas intenciones
de capa agitada y manchada
la contempla.


porque
a veces ella
se recuesta.


hoy será un sólo dedo en uno de sus dientes,
mañana un espacio cerrado compartido y un extraño
los que muestren
el camino hacia el descuido
hacia la represión
hacia el ridículo
hacia el orgasmo frío.
el presente se pudre en cuando deja de serlo,
pero ella recoge y guarda
las cenizas de los tiempos muertos
porque cree
en la resurrección de los momentos,

en la reconstrucción de los cielos,
en que los sueños quemados salgan ilesos.

cree
en la restitución de los ocasos
en la reposición del pecho tibio y del calostro temprano.


a veces
ella se encierra,
entra en el ascensor averiado del piso bajo,
al oxígeno viciado sin pastos,
con el botón de alarma y sin valor para pulsarlo.
nunca imaginó
que el silencio real fuese tan largo y amargo
tan pérfido y áspero para el ser humano.
no pensó
en las graves consecuencias para el cuerpo
para el corazón de cuerda
para el aliento
para los intestinos frágiles del tiempo.


a veces ella
se congela
en el mejor momento de las horas lectivas,
cuando el dinero llena de tensión las oficinas
los comercios, las salas de espera
las desconfiadas mirillas,
cuando cargan y descargan en el portal de enfrente
fallidas vidas.

a veces
cuenta piezas de fruta dura,
las reza
las contempla en la fuente azul portuguesa
y repasa
una lista de absurdos inclinada en la mesa.
mira la agenda
la semana vacía y los días restantes, casi sobrantes.
mira al hámster en la rueda.


porque
ya no lo haces,
ella descose el ajuar, desata las cuerdas,
hace trapos del polvo de una luz flaca y esas sombras del hoy

debilitadas.
a veces,
se cubre entera de nostalgia
a veces,
de magia blanca
otras se destapa

y sale al balcón para sentir el hueco donde estaban sus alas.
a veces
grita condensando la nata pero en calma,
porque ella
como un lápiz que afilas
también
se gasta.