mejorlavidasimple

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sábado, 14 de mayo de 2016

hay otra mujer

es la soledad
que dejas cuando duermes,
allí
en el otro extremo en otro mundo,
y aquí
a mi lado.
ya no soy la mujer
que conociste,
ya no soy la que pensé,
la que podría haber sido,
la que fui
y no habría querido.
La mesa huele a vino
a vino tímido,
del que se bebe a escondidas
en tardes ocupadas
cuando el amor te destapa y te quedas inmóvil
medio desnuda
sufriendo en silencio los dedos del invierno
en la membrana del alma,
con la sábana corta
con otro cuerpo cerca
con algo de ropa cerca
y sitiada.

en la madera
hubo llovizna,
queda un acné de carmín seco,
un par de hormigas aplastadas,
circunferencias claras
que evocan vasos apoyados y botellas baratas.
es sangre derramada
por una mano torpe,
por el temblor de un pulso demasiado borracho o asustado,
por el golpe de una náusea de reloj
en un estómago cargado de impuestos y raspas.
Alguien talló palabras,
formas en la tabla,
y en este sólido mar demasiado vivo
distingo el nombre de Ana,
también lunas a medias,
marcas de colillas negras,
es un lienzo a la deriva
apestado de recuerdos sin dueños
y dueños sin sueños.

un día rallaré este árbol muerto,
me agarraré a este tronco
o a otros
en este local abierto
que el sol ignora en su giro de lunes a domingo.
por el día, alternan los cafés con las miradas,
y en la noche,
cambian vasos por copas y ojos por camas blandas.
ya no soy la mujer
que se creía
lejos de los túneles yermos,
de la mediocridad y el desempleo,
del amor agotado después del embarazo,
de la muerte de estrellas delante de su cara cuando se peina o llora
tras la puerta cerrada.
siempre me pareció
demasiado pronto para rozar la nada.

ahora me miran con ternura
hombres acabados
porque no ven ni un solo dios caminar por mis labios,
juntos
sanamos frustraciones
no olvidamos,
pero regreso a casa puntual y a tu cama,
dando un beso a la infancia que ya no sabe a mi vientre
ni tiene el cordón umbilical que nos ataba.

Esta mesa huele a vino,
casi a una fatiga rancia,
a lo que deben oler las llamas que se apagan.
y de repente, a mi lado
una sombra fuerte y acabada:
Hola Ana.
Lo siento, no soy Ana.
Parece que la voz se marcha, pero noto
su boca seca como un césped sobre mi oreja:
Para mí…. eres Ana.
después pierdo su rostro completo,
y salgo del bar
con el huevo de un grito entre mis branquias:
¿quién diablos soy, Ana?


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