mejorlavidasimple

mejorlavidasimple

martes, 5 de abril de 2016

de segunda mano

La vida es parirse a sí mismo
nacer por segunda vez,
la primera, fue una mujer quien te prestó su cuerpo
quien te expulsó sin ropas ni pasaporte
pero con truenos lentos,
con la voz completa y afinada,
con el alma caliente y preparada,
ibas dentro de un cuerpo pequeño, más o menos estético
pero para ella,
perfecto.

Saliste
después del último trago de aquella libertad líquida,
fluida y limón que dejaste de lado,
por túneles carnales y arrugados
hacia una turbia ausencia como una existencia
que se abre a ti, con manos frías y estrechas.
Bienvenida al universo mortal,
a la galaxia plana de leche condensada,
al rítmico cardiaco del pulmón rosáceo y plástico,
a la competencia,
al mundo que te espera para fecundarte
nada más salir a la puerta.
Eres entregada a su influencia,
al primer acto de una violación tranquila que rechaza la violencia
pero que casi sin darte cuenta,
te penetra.

La vida ajena ya está ahí, en tus membranas,
en tu cálida inocencia de mejilla plácida,
sobre tu piel pecosa, sanguínea y alterada.
Desde el minuto cero, llevas la semilla plantada
el grano divisible, la marca estampada
la vela que habrás de fingir en el pecho hasta apagarte en llamas,
porque habrás de crecer de ti, habrás de inventarte,
de darte a luz otra vez
y ahora, sin madre,
sin anestesia posible,
a corazón abierto y en plena calle.

Te vas hinchando por dentro
cada vez que estás sola en el patio por la tarde,
que sales a comprar y olvidas en la mesa la lista de recados que apuntaste,
que cierras tu presencia por tener un examen,
te vas hinchando
según pasan los meses y los años en balde,
con la pena que tragas por la garganta que arde,
con la triste renuncia a un placer que te calme,
con el miedo de la primera herida por la que sale sangre.
Te vas hinchando
y empiezas a caminar mal,
a no entender el lenguaje de tus hechos cobardes,
a desear tu olvido, tu huida, tu exilio a un desierto donde no quede nadie,
y empiezas a perder el control,
a quedarte en los bares,
a buscar por la noche
el consuelo de una luciérnaga sin sexo y que no ladre.
Comienzas a escribir el libro del vigor que enterraste,
un texto que no hable de amor,
sobre todo, que no hable.

Te vas hinchando de un vértigo en plato llano
que acaba contra la pared cuando la historia se muestra opulenta y siniestra,
vas llena de manchas de humedad, de ternuras
de goteras que caen en cubos de basuras, en papeleras,
eres ese llanto inconfesable que estropea el traje.
A estas alturas, el maquillaje
tapa tus ojos de gato hartos de oler a pasado en el cuarto,
tu fe en derrotas mensajeras,
tu tos nerviosa, tu falta de aliento al ver
que debajo de las sábanas las palmeras frescas
se mueren secas.

Te mueves en tu vientre
con duras contracciones cuando amanece,
cuando ves que el magnolio del balcón no florece,
no vas a abortar este despegue
porque el ser que llevas, tal vez
es más real que el que eres.
Sostienes el astro cómplice y pesado, el balón con ambas manos,
y lo haces, bañando el piso bajo con truenos lentos
con relámpagos rápidos,
el dolor del segundo acto
ha parado.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario