mejorlavidasimple

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jueves, 28 de enero de 2016

una mañana, una tarde, una noche

el día te aguarda
con bancos de té en la bruma calcárea del agua,
con gluten, con sus grasas,
con tres comidas marcadas.
te aguarda
con el vientre moreno cortado en láminas
del escritorio que ocupa el único lado oscuro de la casa.
allí un ordenador caliente se irrita hasta la rabia,
ruge por dentro como una fiera blanca que prepara
la náusea o la venganza.

lees el oráculo adverso
y te sientas como una diosa griega a lamer tu calma,
el germen de la comedia,
el amor y su mítica tragedia,
te sientas a estirar tus manos que recién levantadas
tiemblan.
intentas cerrar la botella que contiene el magma
pero activas en tu mente la plática endémica
de la hipnótica nada,
la nada de quien necesita otra piel para acallarla.


hurgas a diario en un precario equilibrio
donde el mundo espinado despierta manso

y olvida clavar sus astas.
pero los minutos desfilan uno a uno

con uniforme de guerra, mutilando promesas
y dejan los restos de la matanza

sobre tus piernas.
crece el olor dulzón de las cosas,
hay horas quemadas

y notas calcinadas,
crecen las nostalgias presas al consumir las velas.
hay cenizas dispersas
son sólo el polen negro de la última flor venérea.
sin tocar el suelo
la mosca inquieta de tus pies recorre los pasillos,

el armario, las puertas,
por todos los rincones deja huellas inmensas.


apenas son las doce y ya palideces
tal vez, hace calor y tus pasiones menores lo sienten,
buscas la fuga que no llega, no porque no salgas
sino porque siempre regresas,
estudias horarios de aviones que vuelan
sin salir de las calles que frecuentas,
todo son libros, pero no hay nada en los libros
salvo letras.


ocupa el cuarto un volumen delgado
cuando un rumor de voces huecas entra,
se filtra por tu pecho y lo hace viejo.
lo que queda de tu llama es un ardor de noches
en las que todos los fantasmas vencidos
siguen viniendo
y venciendo.

pero sabes que a su modo, la vida va latiendo
porque ves el cursor en la pantalla
moviéndose.

te olvidas en el cajón
unas verduras de miedos y coraje
una sopa espesa de superación y tristeza
un coctel ácido que huele a hierba deshecha,
al césped
que picotean las gaviotas sobre las velas.
tu barca golpea el azul gastado de las sábanas puestas,
tu armadura está hundida y tú, parada en cubierta
sintiendo de cerca el hálito de un hocico abierto en la tormenta.


por la tarde, te aguardan
dos esperanzas que distan una grieta,

la belleza castigada de la mariposa seca,
y ese abandono de la carne teñida

de heridas o sonrisas que te prestan.
tienes el perfil distante de los cuerpos celestes.
la vida avanza ¿o se detiene?
tal vez,
eres la espora libre que no sabe que vence.

pero
apenas has leído un texto,
apenas la primera comida,
apenas queda horizonte sin cadena.
vuelven a caer sin ruido las horas de rostro errante
y te asomas al cosmos
para ver si se llena de dagas y diamantes.


son las nueve, la noche siempre suena
trae movimientos en casa de personas ajenas
y aunque sabes que estás sola,
alguien entra.
la oscuridad deshace la luz, la rutina la deja.
el tono negro se afila
como el dolor sembrado en las costillas,
la curva en la espalda torcida,
o el daño de una rama que por descuido se clava en el alma.
hay ese enjambre de abejas pequeñas
que subiendo por tu cuello
buscan cada cinco minutos, miel en tus nervios.


ocurre al final,
abres la mano esparciendo los dedos como llenas de ungüento

aprietas un hombro dolido y cubierto,
y te apagas como una hoja
tumbada junto al árbol caído
en mitad de tu pecho,
como un ángel mundano tendido en el paraíso
que perdió hace tiempo.


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