mejorlavidasimple

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miércoles, 2 de septiembre de 2015

desamanece

en la pantalla
un nombre corto iluminado
es un desamanecer inesperado,
un sol deseado y atrofiado
que talla pecios hundidos
en los fondos inestables del cuello y de la espalda,
también en las calles salinas de la cara
que bajan del imposible punto azul de su mirada.
Aguanta con una dificultad pastosa
ese objeto en sus manos que no habla,
el batir alterado en sus pestañas,
en los dientes, la timidez crónica,
en el vientre, la piel áspera del vacío que escapa.
Esa lectura secreta de los caracteres
deja un aire de alas pardas que aspira y raspa

la superficie asfaltada de un lago sin cascada,
pero ella cruza el agua
mostrando sus huesos felinos al destino que aguarda.
Los pies regresan solos

al deshogar con niños a la entrada,
al lecho conyugal donde no quedan ganas,
las armas y las sábanas están intactas,
hay un cuerpo familiar petrificado en el lado derecho de la cama,
el suyo se comprime silencioso, seguro en los abismos,
cuando al final del colchón se anuncia el precipicio.
La casa
es la calima perversa de una noche apagada,
y el mundo,

las letras borrosas sobre la pared blanca,
por eso, recita de otoño y de memoria,
con la voz envuelta en manteles de mesa,
un número de teléfono, un verbo encendido,
el nombre en el cuadro mínimo.
Lo escrito en la pantalla es el relato inexacto
del invierno que regresa,
de un futuro que carga
con el cadáver fresco de la belleza.
Ella salió mil y una noches
pisando torpe el último peldaño del único portal del barrio,
planchando con las palmas abiertas la ropa con manchas y reseca,
ella es de movimientos lentos, cargados de burbujas estalladas,
de aromas filtrados por la tapa abierta de conservas pasadas,
despacio, como luna menguante,
volcó vasos enteros en tascas y bares.
Hoy es mar que revienta,
que no deja de correr por la cuerda floja que silencia
el deseo baldío de las almas que incuban penas y perlas,
caer en jardines, cultivar flores rojas,
asaltar con besos de farola cuerpos astrales, gotas,
iluminar las esquinas a deshoras,
porque la vida
es un horizonte que desamanece sin perfiles ni sombras,
una catedral que todo pecho diseña y amamanta
por pura necesidad,
por hambre de pan tierno,
por responder a un súbito mensaje incierto
venga del efímero cielo o del fútil infierno,
aunque retrate un desamor,
el último acierto.

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