mejorlavidasimple

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sábado, 7 de febrero de 2015

Constantes vitales


No sé si la vida es este límite
que acaba en la geografía de mi cuerpo,
o antes.
No sé si es la vida, digo,
esa cuerda de fuego
que nunca a la misma hora
empieza a enredarse dentro,
una harina de arenas densas en leche y mareas,
el viento enrarecido que arrasa las células
o esa bola de plomo a velocidad de infierno
que recorre sin sur ni norte mis recuerdos.
Tal vez la vida sea
esa estrella invisible y sin estela
que engulle el suero pardo de la tierra,
y empuja las paredes de mis huesos
hasta agotar su tamaño,
hasta que no la contengo.
Siento crecer raíces
en el centro hendido de mi ser alterno,
ese germen que incubo en horas de sueño,
que defiendo con garras, con desvelos,
con silencios femeninos,
sin saber si es bueno.
Y mientras tú me hablas
su masa se duplica, se triplica,
pero tú no lo sabes, no tienes la llave,
ni el tiempo que precisas para abrir el encuentro.
Esa bola que digo
va cargada del gas menor del tiempo,
devora los vacíos, los páramos,
la planicie que acoge un sólo pensamiento.
No sé si la vida es este límite
que marcan
las curvas de mis brazos,
los perfiles de mi espalda o de mi pecho,
el rostro que veo en el charco pero no en el espejo,
mis piernas que se cruzan
cuando acaba una noche que no fue de cuento.

que cuando la bola escapa
rompiendo fácilmente las telas que me tapan,
entiendo que la vida
también estalla.
Lo hace más allá
del cuenco que sostengo entre momentos, 

de la intimidad cosida, planchada o arrugada,
del animal con carne vegetal,
de las fieras domadas.
La vida va más lejos
del mapa que detalla los lindes que retengo,
se expande inflamada y experta

saliendo de las redes sin anzuelo,
y no sé
si ella se detiene
si la vida se estanca, digo,
cuando cruza el límite privado

de otro cuerpo afilado
con su falsa daga.


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