mejorlavidasimple

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viernes, 27 de febrero de 2015

Las cajas del imposible olvido


Descataloga recuerdos,
tus recuerdos,
ya no le hacen falta,
ni abrigan ni consuelan las plumas del ave que ladra,
son placas de hielo que el amor arrastra,
sacos de arena de enormes dimensiones
envueltos y apretados en la tela áspera,
son fruta seca que cayó en el vientre y que la tierra traga.
Ella no es ella sin ellos
pero no quiere cuentos contigo,
no bloquees la salida del sol que ella esperanza,
no rasgues esa piel mutante de sus alas
que le haga sumisa y callada.
Descataloga secuencias talladas,
tus secuencias,
que incuba su frágil memoria desnatada
y un corazón de azúcar derretido
por farolas que alumbraban como pueden
el frío de las horas que descansa.
Y aquellos gestos tuyos, tan tuyos,
acaban confinados por orden alfabético
en cartones cortados y apilados
en medio de la plaza donde dos orcas varan.
Ella une las piezas del puzle
con cuerdas de la ropa mojada,
no las fuerza, las tensa y abandona,
pero sabe que habrá arañas
en las rocas del pecio de su cama
tejiendo telas dulces y azuladas, donde quedará atrapada.
Ha dejado de frecuentar las cálidas sonatas
que encierran bajo llave emociones usadas,
y le duele con los ojos abiertos,
ese alud de imágenes comunes y enfrentadas
que quedan en la retina soldadas.
Ella no es ella sin ellas
pero no quiere un deshielo contigo,
prefiere el iceberg perdido,
los sueños caducos o dormidos,
quiere aligerar su cuerpo de estragos finos,
desenterrar las semillas que tus dedos sembraron
en el suelo ignoto que tocaron,
porque el cielo estrellado es también, lejano y espinado.
No quiere que le pese dentro del cuerpo
tu alma más la suya,
con tanta palabra esquiva,
tanta maniobra callada y subterránea,
tanta fábrica de blandos desencuentros en rebajas,
y ella quedar fuera abrigada, en la calle soleada.
Deja las cajas catalogadas
junto al cubo de basura en el portal de tu casa,
y no sabe por qué
pero se anuda como una gata
a los pies de un olvido que acuna y canta,
y así, hasta volver mañana,
con los mismos recuerdos en otras cajas.



miércoles, 18 de febrero de 2015

Propios y errados


Veo en tus ojos ese agujero blanco
por donde cae tu asombro,
miras mis bolsillos llenos de papeles
y no entiendes que aquellos restos rotos
sean para mí, sacros bienes.
Me hablas,
y veo en tu boca esa fuente apagada
que se traga mi ropa,
dices que no tengo definición ni forma,
pero no lo pretendo,
más bien lo busco así, y lo fomento.
Déjame que te diga que no quiero acentos,
aquellos que tú lanzas
desde dentro de la jaula hasta tu ego,
ni victorias borrosas
donde el dolor extienda las alfombras,
no me dejes nada que pueda utilizar,
nada rentable,
yo escarbo en las dudas,
en lo inútil,
en lo no viable.
Y guardo las cáscaras,
las infinitas formas de una larva que nace,
los cortes de un pasado que no enlacen,
los deshechos sueltos
de aquello que la tierra lanza al viento.
Crezco en el silencio,
y en el grano pequeño que descartas,
en las tenues esquinas donde la luz no alcanza,
y en las plumas más viejas de un ala solitaria.
Crezco en la hierba pisada y fatigada,
en los planos secundarios,
en las escenas cortadas que no reclamas,
en el mantel de plástico de una barriada.
Y tiro cada tarde mis cartas
al ocaso de fuego que avivan las magas,
los sabios perdedores,
las ninfas desahuciadas,
las sirenas del mar por olas golpeadas.
Te sabes cada escalón torcido de mi cuerpo,
cada cicatriz real o dibujada,
cada cueva escavada,
cada vena marcada,
el punto en que mi piel se vuelve escarcha,
pero no conoces, en verdad,
ni la portada.
No conoces

qué nombro cuando estoy
cansada y atrapada
en el fondo profundo y seco de la taza,
o qué pido al río al caminar

sola y contigo.
No eres una extraña, no mires lejana,
como un espectro suspenso en el espejo,
con ese retrato apurado
que siempre haces de mí
tan errada.

sábado, 7 de febrero de 2015

Constantes vitales


No sé si la vida es este límite
que acaba en la geografía de mi cuerpo,
o antes.
No sé si es la vida, digo,
esa cuerda de fuego
que nunca a la misma hora
empieza a enredarse dentro,
una harina de arenas densas en leche y mareas,
el viento enrarecido que arrasa las células
o esa bola de plomo a velocidad de infierno
que recorre sin sur ni norte mis recuerdos.
Tal vez la vida sea
esa estrella invisible y sin estela
que engulle el suero pardo de la tierra,
y empuja las paredes de mis huesos
hasta agotar su tamaño,
hasta que no la contengo.
Siento crecer raíces
en el centro hendido de mi ser alterno,
ese germen que incubo en horas de sueño,
que defiendo con garras, con desvelos,
con silencios femeninos,
sin saber si es bueno.
Y mientras tú me hablas
su masa se duplica, se triplica,
pero tú no lo sabes, no tienes la llave,
ni el tiempo que precisas para abrir el encuentro.
Esa bola que digo
va cargada del gas menor del tiempo,
devora los vacíos, los páramos,
la planicie que acoge un sólo pensamiento.
No sé si la vida es este límite
que marcan
las curvas de mis brazos,
los perfiles de mi espalda o de mi pecho,
el rostro que veo en el charco pero no en el espejo,
mis piernas que se cruzan
cuando acaba una noche que no fue de cuento.

que cuando la bola escapa
rompiendo fácilmente las telas que me tapan,
entiendo que la vida
también estalla.
Lo hace más allá
del cuenco que sostengo entre momentos, 

de la intimidad cosida, planchada o arrugada,
del animal con carne vegetal,
de las fieras domadas.
La vida va más lejos
del mapa que detalla los lindes que retengo,
se expande inflamada y experta

saliendo de las redes sin anzuelo,
y no sé
si ella se detiene
si la vida se estanca, digo,
cuando cruza el límite privado

de otro cuerpo afilado
con su falsa daga.