mejorlavidasimple

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miércoles, 21 de enero de 2015

Tango de vida


Cojea desde que la vida le golpeó la pierna
y el único golpe que le dio
rasgó la corteza de su mirada hierba.
Oyó campanas de guerra bajo la almohada,
miles de pies cansados o vendados
atravesar la nieve algodonada de la cama.

Con un solo gesto, la luna que abrasaba
retuvo sus manos secas,
y aún estando sus pies libres
no los movió, tampoco las piernas.
No hubo tiempo de ocultar los desperfectos,
y recibió al día que llegaba
sin hablarle de ofensas ni batallas,
no mencionó la derrota líquida que se extendía
desde el parquet de la habitación
a la cocina recogida y apagada.
Mientras abría la puerta,
metió naves que zarparían sin ella
en los bolsillos estrechos de la falda que llevaba puesta,
notó barcos hundidos en el vientre
un mar inmenso para una corta espera.
Tardaron en llegar sus pensamientos,
sentió que la luz solar había vencido al tiempo,
no había farolas vivas tras el cristal del baño,
ni penumbra sucia de bares
latiendo en la calle o el barro.
Los brazos le crujieron al recoger del pelo
el saludo ambiguo del sueño despierto,
y oler a confusión, y saberse mortal,
y a la vez recordar
que la muerte vendrá y siempre estará cerca.
Ella enfrenta el orbe con un té sobre la mesa,
difuminando su instinto animal
en el lento ulular de unas nanas caseras,
toca el vaso, toca la tierra,
cree que dejó todo a medias.
Todos los nombres que la vida le daba
están ausentes en su mente,
y flota en el mar de una productiva nada.
Adora dos diosas paganas,
la diosa madre que alimenta el alba,

la que fecunda el alma,
sabe oraciones que nunca reza
aunque para otros sean sacras.
Da sorbos cortos en la tarde que entra
y piensa que la vida es larga y lenta.
A ella le importa no la primera
sino la segunda gota de las cosas,
aquella que definitivamente bate la calma,
que hace de las ondas concéntricas la norma
no la excepción en la pantalla plana.

Abre cartas imaginarias
que alguien olvida en el sofá de una sala,
en sobres sin sello nacidos bajo grava,
y hace viajar sus respuestas

con los mismos sellos, en la misma carta.
Un día más,
ella es el humo de la chimenea

que ve irse agitado en tangos largos y usados,
danza con zapatos de hebilla sobre un suelo empedrado,
ella cojea,
pero nadie parece darse cuenta,
ni siquiera la vida

que baila con ella.

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