mejorlavidasimple

mejorlavidasimple

lunes, 28 de diciembre de 2015

días de ventanas

desde hace semanas está en la sucia ventana,
la espalda reseca, acantilada
la cabeza apoyada
los muslos que descansan,
el cráneo lleno de piedras
de cortezas color perla
de residuos de aluminio vertidos en la madre tierra.
es obvio que espera
y espera que todo lo inservible
descienda a sus polos helados e invisibles,
es cierto que sueña
con escenas que habrás de imaginarte
porque no las cuenta.
el puño del olvido marca en su cara
un esmerado ardor en su mirada,
toda ella es figura esculpida
en el cristal opaco del piso cuarto,
es la heredera del aire que traspira por el vidrio de las puertas,
es la dueña del tren que la lleva en tercera
a una selva sin árboles que la protejan,
y en la aduana,
el amor es el único bien que declara.


detrás de un telón de azúcar quemada
cocina cien gramos de tristeza congelada
con algo de alegría disecada,
echa pimienta negra y aguarda
como un eremita en el interior de su larva.
gasta el tiempo asomada,
piensa que cambiará el placer que no le ofreces
por un hora encerrada en esas camas
con vistas a un mar de olas altas,
camas de uñas que suben y bajan
que a veces amenazan nubes bajas.
ella musita
ella habla
ella sabe
que todo el que cierra sus ojos, traiciona un alma cercana.
cada mañana,
aunque su cuerpo no quiera,
acaba con el gorrión de la baranda,
aunque sienta pena
aunque muera con él
aunque un segundo después, con un sollozo lo abraza.


entre grises y azules
aparece la silueta intermitente del hombre

al que como nunca amó, nunca rechaza.
pero es de él

la picadura debajo de la blusa que se rasca,
la cornada que se palpa,
el invierno de sombras que la tapan.
lee su nombre en las señales de tráfico,
en el desvío de una calle del barrio, aislada y secundaria,
y entonces, ladra
por su afónica existencia de mariposa sin alas,
mientras el atardecer
choca contra el cristal naranja de otras casas.


dijo que iba a salir
de su madriguera y de madrugada sin lámpara mágica,
para ver estrellas negras en el techo de tiza blanca,
y borrar caminos falsos, y apartar la maleza

mientras anda.
seguro que son malas las horas
que pasa contigo, con tu reflejo enfermo en la ventana
y es que la claridad directa, te apaga,
por eso,

clava en el cristal
sus tacones de punta fina inexistentes,
sus labios de carmín transparente,
sus dardos de amistad cobardes y candentes,
y se hunde, en tu armadura de caza
en la lata de cerveza que tu boca tapa,
en el breve final que resalta
los huecos que dibujan las fachadas.


salió y antes de regresar, sé que estuvo
ella te vio y tú me viste
se sentó en el lecho de un océano deshidratado y simple,
mudando la piel del cuerpo cuantas veces cupo,
calló en aquel túnel accidental del tiempo
en la médula del verso,
tenía ojeras
cuencos de leche negra en un rostro común de amapola tenso,
un rostro que es mío, y esto cierto.
de esa noche en ti,
quedan huellas vagando, frutas vacías, tiernas,
frases culpables pero sinceras,

la sangre sin defensas,
de esa noche sin ti
no queda
ni siquiera ella.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

veinte años

Tengo el fruto
tuyo y mío
en el vientre
desde hace veinte años,
una semilla bruna
plantada
en tierra fértil,
olvidada,
una vid con racimos de uvas
empujando el intestino
elevando el estómago
provocando a menudo
una nausea efectiva
y a veces,
un llanto corto
como un rayo que fulmina.


Tengo las manos dormidas
y no despiertan
ni para ver la luz del día,
apenas trabajan
apenas hablan
manos domésticas
que no quieren pertenecer a una casa.


Soy la conquista
del miedo y su contrario,
porque advierto que la libertad
no existe
ni para héroes ni villanos
ni para dioses ni diablos.


Palpo mi piel
tan abultada
que me cansa llegar a la cima,
este paisaje de colina única
camina conmigo,
con todos los sentidos
que descubre
el alma vulnerable
peligrosamente urbana
y humana.


Huelo distinto
por dentro y por fuera,
dentro,

huele a origen
a hierba fresca
a globo salado
a sustancia orgánica
a vía láctea,
por fuera,
huele a ti

a algo de ti,
que es todavía.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

las cosas

las cosas hastiadas
que llevas en el delantal de tu regazo
con extrema lentitud,
con signos de oclusión en los bordes granates de tus ojos
tan hastiados como las joyas rojas
que portas en el mandil que nunca dijiste
es la señal integra de una derrota.

vienes andando
del campo de trabajos forzados
del amor que sangra y del odio que se lava,
del lugar
en el que revientan la órbitas planetarias,
las de tus huesos cabalgados en la sombra
y por las sombras, que dejaste
entrar en casa.

llevas la huella del universo
como un número de registro
en la piel del cuello,
piel fina, tan blanca y castigada,
como un signo astral del olvido que mascas,
llevas
un perfume de jazmines por debajo del sudor
que exhalas.
tu faringe caliente, tu flema preñada,
ese embarazo de encuentros
con recipientes llenos de veneno
que tal vez
bebiste en la cama
mientras uno dormía
y el otro, amaba.

entras con la llave de su casa
al portal de penumbras con redes de arañas muertas
o hastiadas,
cruzas el umbral
esa selva de plantas negras que revientan las telas
que remiendas,
que separan el dolor de dos moscas con cargas contrarias
borrachas de metales duros
que se rechazan.

ese cuerpo que se marcha a envejecer
mientras tú te quedas,
tan nublada,
tan pasiva ante lo que te amenaza.
firmaste el pacto,
te tocó transportar las cosas hastiadas
entre capas de cansancio
que traes de otras paradas,
cargarlas
sobre el mandil que estrenas hoy
sobre un pantalón y una camisa sin color ni marca.
la luna que llevas a cuestas
es tu amuleto obsoleto contra la rabia.

hay una mujer que se aleja,
otra se queda mirándote
cortándote las uñas, las pestañas
contándote las canas, las legañas
la artrosis de los dedos,
tu sequía en los pómulos
en los talones del pie,
la otra que eres
te pincha las encías, el globo ocular,
la carne blanda,
y tú,
con esa desgana tan sólida

tan pasada de moda
tan hervida y quemada a fuego lento
calcinas los momentos
que el día te regala.


por esas cosas hastiadas,
sucio el delantal, tu regazo,
por todas las cicatrices blandas de las plantas
gritas al espejo mordiendo la jaula,
la vida está astillada
lo sabes,
y la tienes clavada,
pero cualquier día

lo sabes también
se seca

la vieja hojarasca.



 

lunes, 30 de noviembre de 2015

por delante de tu rostro

me digo que no será tu rostro
en el que habré de sacrificarme hoy
con la misma debilidad de mañana,
prefiero una simple letra que huela a oración,
a respuesta a la taza,
a petición rescatada de las algas suicidas de una calle anegada.
todo menos tu rostro,
aunque no entiendas lo demás que venga,
tu rostro, no.


el estómago
indaga en el cráter azul de una fruta fantasma,
en la piel irritada por un tornado que arranca las hamacas,
que alcanza
las costas más ásperas, las desabrigadas,
el litoral de un mundo con úlceras cegadas.
éste es un orbe que arroja pequeños cuerpos de luz
sobre la sal del mar y los cantos de agua.
tengo
miles de diminutas hormigas
con intenciones de huida
recorriendo ordenadas mis cómplices entrañas.


y en esa oscuridad del órgano indefenso,
mi aliento polar se defiende en un altar de invierno,
sin vestido blanco ni encajes de pureza en las muñecas,
sin ganas de vender
la libertad maltrecha que adelgaza mis venas,
tú todavía
habitas la madriguera dorada que te calienta las garras,
que te protege las manos cuando las manchas.
tu rostro, no
porque como siempre, y hoy es siempre
tu niebla extiende por mi orografía ácidos vitales,
un sudor inquieto cuando despierto.
me digo que apartaré el vaho con el índice
dejando en los cristales de tu coche una frase en mi nombre,
un mantra que mantenga cada noche
tu mirada lejos del color de mi broche.


y aunque no estás
enciendo todas las luces artificiales del barrio,
las bombillas del baño, las farolas en desuso del patio,
aunque no estás
tu rostro sigue pegado como una nota
al papel de la pared del cuarto,
como un lienzo que cada mañana arranco, y luego
intento arreglarlo.
a las diez
camino como lo hacen los ciervos asustados,
con un corazón de metal agitado bajo el brazo.


por la escharcha
soy un barco pirata con bandera blanca,
separo del camino
la ignorancia agria de la boca que no calla.
muevo el vello del rocío, alguna hierba en la lágrima,
una perla falsa.
veo un anciano que baja por la cuesta de los días
sin apenas sentir el sol en su piel sombría,
hay una madre delgada que musita apurada
mece a la mujer que fue y al bebé que amamanta,
entonces
sucede el milagro confesable y olvido tu llegada,
aunque no entiendas lo demás que venga,
tu rostro queda detrás
de una luz ahogada, de una madre, de un anciano,
de los miles de insectos
que dentro de mi cuerpo
siguen batiendo sus alas.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

no es un mundo para palabras

tengo presente que no es éste un buen mundo para palabras
y menos para pensarte
como sólo puedo pensarte
con una fiebre que gotea
por los azulejos a colores de mi alma inflamada,
como una fina hierba que antes de alcanzar el cielo
se arrepiente y escapa,
hay que pensar
porque pensar no fue nunca
la mercancía de sujetos con recursos numerarios,
con medallas compradas, con títulos falsos o heredados,
con portadas plastificadas en revistas plagiadas o diarios,
porque los mares que adoro con esta extraña calma,
los que saben de plantas curativas para aliviar las vanidades del alma,
los que quieren cambiar la suciedad que a todos nos marca,
piensan,
y lo hacen bien, y además
no cobran nada.

y yo, yo no le soy indiferente a sus lunas,
ni quiero,
dejo
que su tierno delirio repose sobre mis muslos apagados
mirando las rodillas que asoman huesudas y cruzadas,
dejo
a los mares con sus hondas planas
lamerme las entrañas
hasta que aprendo la sabia pereza del mañana que regresa,
la negación de la cordura falsa que asoma en la espuma montada.
me quedo quieta
como roca despierta
hasta que mi ardor de aprendiz de flores de paja
me sacude,
me arranca con sus dedos de ancla las espigas varadas,
las púas clavadas sobre mi carne agobiada.
Tengo presente que no,
no es éste un buen mundo para palabras
y menos para echarte en falta,
porque pesa mucho y mucho es demasiado,
esta negrura urbana,
esta cascada de voz asustada,
esta espesura inhumana de razones mentoladas.

te cuento que siguen los días
con sus vicios dorados que acaban disparando a las alas,
siguen
las vallas que olvidan el despropósito que las levanta,
las trampas que sin verse
las sientes opacas y cerca de tu cara,
los duelos existen
dentro y fuera del alma amarillenta de histéricos fantasmas,
sigue
el jardín de alambre que frena la libertad que no puede ser atada,
y el único árbol de otoño,
lo supe ayer,
sigue perdiendo sus ramas.

hoy,
a plena luz del día,
una accesible ignorancia civilizada
aparece en cualquier retablo de fama
como una grave enfermedad que te amenaza.
hoy,
de la locura
rescato el silencio que la acompaña,
alguna frase triste, como nombrar la sed sin tu mirada,
yo no tengo la luz ni el valor de los ojos que amo y amaba
esos que, vestidos de primavera
siembran las calabazas que los ratones cazan.
el hoy
me picó en la espalda y en las piernas,
me picó en las arterias,
me picó los labios que estrenaba,
y entonces
la vida me supo a tinta quemada.

sin embargo
cuando los abrazos no acercan los hombros que abrazan,
hay que inventar besos
que orienten con sus faros a las barcas,
gestos
que retrasen la llegada del último temblor,
de la última pérdida en la ventana,
que curen los cortes
sobre las venas de una emoción frustrada.
ahora
que extiendo el brazo para tocarte en la cama
y en el extremo opuesto de esta tabla helada
topo con la espalda que no deseaba,
ahora
me duele el aullido de los pájaros tímidos que recorren
los techos desconchados de mi caja torácica.
tengo presente que no es éste un buen mundo para palabras
y menos para hablarte,
quisiera decir amarte,
sé y no sé, que no vendrás a sanarme,
que detrás del grifo, el agua continúa cayendo
manchando la esperanza,
el acero oxidable,

la esponja azulada,
mi rostro al despertar,
la cabeza inclinada.

domingo, 8 de noviembre de 2015

transparencias tuyas

conozco un patio
un hueco abandonado
un césped de colores claros y alargados,
donde danzan las diosas más viejas,
los dioses más cansados de la tierra,
y quiero llevarte
llevarte de la mano
hasta encontrarte.


agarrar tus dedos transparentes
en esas manos de aire que me tiendes siempre,
ver tu rostro translúcido caminar junto al mío
y que el sol salga y se ponga
por la holgura del árbol
que aspira el humus tierno de los ralos abrigos.
quiero avanzar
como hago todavía,
sin dedicar al amor la victoria y menos, el día,
sin darle recompensas,
sin colocar un laurel en la telaraña que teje en mi puerta.
caminar contigo
con la nueva costumbre

de encontrar una guarida fría, que haya vacía,
vacía de metas, de tiranos,
vacía de una vida sin sueldo y sin descanso,
aunque tu voz no arranque nunca en miradas,
y la mía, alterada,
caiga por el desagüe de un baño público directa a la pálida nada.


promete que al navegar
no dejaremos entre las flores quemadas
ninguna queja despierta ni sembrada,
ni una palabra armada,
ni un beso flotando en la boca que lo dio por muerto antes de llegar a otra,
yo tocaré tu cuerpo fundido y cristalino
para saber seguro
que aún sigues conmigo,
saber que tu carne de éter y gelatina fresca
no ha dejado por accidente o azar la balsa de piedra,
la ruta que nunca marcamos con visibles trazos
cuando volvimos ambos
ajenos e inclinados, por el mismo canto del asfalto.


comeremos en alguna cantina de barrio
un caldo de verduras sin pan ni tabaco,
y mientras no estén los platos
sobre el mantel sucio de cuadros,
leeremos la letra pequeña del cartón de un vino caliente y aguado,
las horas pasarán
marcando las servilletas a picotazos,
con la grasa de tus manos que sólo consigo imaginar de lejos,
con el carmín barato de mis sueños que comen lentos.
me preocupa
que salgas del local sin probar bocado.


siempre noto tus labios traslúcidos
silbando sobre todas las cosas odiosas
de un futuro que es pasado anticipado,
tengo atravesada en mi esperanza
tu silueta de gas, tu aliento evaporado,
y cruzas mi cuerpo con el tuyo cuando cambias de lado.
quiero llevarte
llevarte del brazo
hasta encontrarme,
para dar forma plebeya a las bellas leyendas,
las que pasaron de largo
sin soltar bendiciones bajo nuestras suelas.
quiero de nuevo tocar tu rostro,
y al saberte límpido, aéreo, fluido y trasparente,
o serlo los dos
o ninguno

o ser yo, tu ausente.

viernes, 16 de octubre de 2015

mis cuerpos a mitades

te escribo con la mitad de mi cuerpo,
la otra, te desconoce,
es más, ignora tu existencia y no comparte contigo
ni renglones cóncavos ni párrafos convexos,
la otra, en realidad,
te echaría de las tripas revueltas del mundo,
del océano lunático que contamina tu huera elocuencia,
detesta tu implacable seguridad frente a la debilidad de las almas tensas.
la otra, nunca te abriría la puerta de madrugada
cuando las hojas de otoño se caen despiertas,
ni sostendría conversaciones en la pequeña mesa
mientras maduran fuera
las orejas del lobo,
las sombras móviles y negras de la selva desierta.

pero hoy te escribo con la parte que acepta en su regazo
los pétalos de piedra de tu abrazo,
las sonrisas de cántaro
que me dejas con cartero de Neruda en el buzón de abastos,
en la fina ranura de mi corazón abierto
donde se cuela la inundación salvaje de tu aliento,
la parte que te acepta,
que contiene todos mis vientres astrales y menstruales,
la parte que se duerme envuelta en la grasa del ungüento
que extienden sobre mi piel los cuentos que te cuento,
para ella,

tienes la superficie llena de extensos huertos,
y caben en tus manos los planetas
que nadie pintó en un cielo cada día más fiero,
le curas los dolores anfibios
que asoman a la superficie convulsa de mi unicelular pecho,
también mis quejas,
las que dejan colores deformados, palabras disueltas,
el fantasma y el cadáver dañado del pasado
que una y mil veces, regresa.

entre las dos partes,
la ciudad va apilando tiendas de campaña acartonadas,
amplios escaparates en los que puedan mirarse
la una a la otra

sin encontrarse,
en ambas, hay un rumor de angustia tormentosa que trae en la discordia
ruidos y gotas.
la mitad de mi cuerpo
te escribe una carta extensa, cientos de puntos y comas rectas,
llena de luciérnagas en jardines o libélulas en pozas verdosas,
la otra,
sondea en la carne, la marea de café que decae y arde,
los barcos cargueros que entran y salen por un lado del presente indiferente,
ella nunca te llamaría para hablarte.

pero al caer los glóbulos blancos con la tarde,
cualquiera de las dos son la misma, y tiende a la unidad la luz del aire,
entonces se suplantan, se mezclan la savia,
chupan el néctar de la vida con hambre mansa,
la que escribía, te ignora,
la que te negó, te adora.
así

en el templo de las letras,
la mitad de mi cuerpo y la otra
comparten el último tallo amargo de tu sombra

que en ninguna nada, brota.

lunes, 5 de octubre de 2015

la mariposa en el estiércol

me he levantado con miedo,
sigo con miedo
miedo porque ayer leí algo que no entendí
y porque entendí que cualquier algo puede llegar sin previo aviso
y que daría igual que llegara con previo aviso
porque al final, lo desastroso es que llegue
a mi vida
a esta existencia en la que hoy
me he levantado con miedo
en la que sigo con esa punzada en los vértices débiles del bajo cuerpo,
allí donde caen los atléticos rayos ambiguos
de la incertidumbre cruda sin condimentos
de la que no se procesa la carne ni los deshechos.


me he levantado con un mal recuerdo de un pensamiento
que cuando quise ahorcarlo
prefirió huir por la fosa cavada entre dos sacros defectos,
y vi de nuevo
aquella mariposa blanca sobre el estiércol
que se posó en la mierda con invisible tiento
que se sintió insegura pero que ya no pudo volar muy lejos.


y esta triste manera de perder el tiempo,
de pedir por señas al afecto, propinas a la puerta del colegio,

puede que sea el padre de un grito que tengo desde hace tiempo,
un grito bien educado, técnico, amordazado y atento
en un poste de teléfonos
anegado en la mala prosa del aliento nocturno de los bares despiertos
los que suenan cuando hay oscuridad y un profundo silencio.


tengo un aullido que escondo al público y está hambriento
que creí sumiso en su encierro, pero que llevo expuesto
a piratas y veletas,

a un sol de chicharra que disipa a profetas y expertos,
es un ladrido

que pega las alas del unicornio negro en los libros de infancia
los que narran pequeños pasados, que no fueron.


me he levantado con miedo
un miedo que combate todavía con los tallos roídos de mis sueños
que inventa estaciones donde cobrar la entrada, al deseo de seguir viviendo
que conoce las vidas vecinas,
que baja la escalera sobre la barandilla
sin tocar un peldaño ni una seguridad
como un relámpago de delirio en la pesadez del empeño,
un miedo
que siembra en el fondo de las camas migas duras de pan seco
y deja canas en la almohada planchada.


la muerte, como antes la vida,
se conjuga con todos los verbos y en todos los tiempos,
vuelco el recipiente ingenuo después de mucho pensar
o sufrir,
y dejo sobre el suelo lo que nunca me llevaría al desierto.


lo sabes, y lo siento
tengo entuertos, que tal vez merezco,
a solas, saco las espinas del pecho, me desenredo el pelo,
toma lo que describo
como el simple pellejo de un temor asado en el espejo,
como un secreto, que no sé por qué
sólo a ti, desvelo.

lunes, 28 de septiembre de 2015

el cuerpo se enfría vestido

el cuello de nubes anudado,
las mejillas hundidas
con el rastro marcado de un neón apagado,
las piernas hinchadas con ríos azulados de cuencas llenas
en los que el cristal partido se refleja.
El corazón todavía absuelto
en un pecho que hace unas horas guardaba restos,
en la nevera, un mar en sombra

y la sal que frena
el latido arrítmico de una gota de sangre que recorre
los caminos trazados por el hambre.
Tiene el estómago perforado por pecios errantes
y en el vientre,
cometas inestables que ofrecen su secreto a luces tenaces.

Es hija de un universo de placeres áridos
con sabor arrollador y urbano,
va unida a la nimiedad de una vida desnuda que tropieza
con la temeridad de una nana que a solas regresa.
Su voz se vuelca sobre los labios amigos del enemigo
y ahuyenta los favores nocturnos de los cuentos de hadas,
cuentos que nunca saben que el mal, a veces
gana batallas.
Su rostro de perfil

deja alguna peca en la almohada hueca,
en una habitación que calientan
los soles que custodian a ciegas las rejas,
todavía está el rocío de las falsas perlas por la piel sedienta,
por la telaraña que apresa el vuelo cojo del poeta,
por la botella llena que se deja abierta.

En los poros más grandes
siembra pequeñas lunas negras,
y en sus muslos, un par
de deseos durmientes
calan hasta los sueños recientes.
Su cuerpo apenas se mueve
sigue alerta
no quiere distraer a la presa perfecta que se aleja.
Todos los sueños de infancia caminan lisiados y directos a ella,
por el espejo ve lo que sus espaldas llevan,
la porcelana de una niña que dice que no duerme
que cierra los ojos mientras sus pupilas por debajo de los años
se dilatan y tejen,
a pesar del olvido que vendrá a devorarla
a pesar de los bosques que mueren tras tocar la persiana
a pesar de los torpes dedos que prometen cuidar
la frágil puerta de su casa.
Ya mujer, tantea el lienzo de hierba nevada en la cama,
la lámpara deja apagada,
sabe que el invierno llega,

que apenas queda leña en la mirada,
sabe que el cuerpo que no has conocido, se enfría vestido.
Mientras
en algún suelo prohibido a sus ganas,
tú miras con afónica armonía la página que escribes,
la imagen que descargas,
ella,

antes de salir del hotel, de cruzar la plaza,
deja una noche todavía caliente en la entrada,
y entre flores de plástico

un amor que vivo
se le clava.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

cuando un último momento

en el último momento que entraste
supe que no te buscaba,
que harías de mi ternura un campo de amapolas asustadas,
que esparcirías el frío de tu sangre agitada
sobre el sudor de la tela estrenada
o sobre el lugar noble
donde engordan rosas las ilusiones pobres.
Ahora tienes en tus metálicas esposas
mis manos revoleteando nerviosas,
y aprietas extrañado las cuatro muñecas que formamos,
creo ver entre tus dientes
una suerte de destino hiriente,
y un viento que, solo y en el fondo,
mueve el telón estriado de pana rojo,
no sé que decirte
pero no te preocupes,
me pasa a menudo cuando salgo a tantear el mundo,
y si apareces,
lo que quiero es llevarme mi timidez a otra parte,
simplemente, marcharme.
Afuera me espera un páramo precioso
con un silencio ronco y pastoso,
caricias que envejecen mi cuerpo poco a poco,
ese olor urbano a justicia caduca en las aristas
convertidas en vertederos de sueños y revistas,
pero no te inquietes,
sé recorrer los raíles sintiendo el hierro caliente,
y no me arrojo,
dos centímetros del suelo son una frontera invencible
para las vidas que saben a poco.
Lo raro,
es que eres exacto al alma que esperaba,
llevas el mismo traje,
los mismos gestos en la misma cara,
la dosis justa de azúcar en la voz, de pan en la mirada raspada,
y has sido puntual,
y has cerrado la puerta después de cruzarla.
No es sólo esta cita,
es el resto de las citas que vengan,
serán
como un poema que no sabe qué hacer con la cordura yerma del poeta,
como las armas que no escapan de las guerras,
como la paloma lisiada y ciega
que herida de bala o tristezas
ya no quiere encontrar el camino de vuelta a la casa materna.
En el último momento, me di cuenta

que algunas moléculas de humo andan sueltas,
que entre nosotros echaba el ancla una magia perversa,
que las luces que tendrían que arrullar nuestro deseo
lo quemaban, lo echaban por tierra,
en el último momento, en el que todo pesa,
olvidé que era yo
el punto de la letra que falta

sobre la mesa.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

desamanece

en la pantalla
un nombre corto iluminado
es un desamanecer inesperado,
un sol deseado y atrofiado
que talla pecios hundidos
en los fondos inestables del cuello y de la espalda,
también en las calles salinas de la cara
que bajan del imposible punto azul de su mirada.
Aguanta con una dificultad pastosa
ese objeto en sus manos que no habla,
el batir alterado en sus pestañas,
en los dientes, la timidez crónica,
en el vientre, la piel áspera del vacío que escapa.
Esa lectura secreta de los caracteres
deja un aire de alas pardas que aspira y raspa

la superficie asfaltada de un lago sin cascada,
pero ella cruza el agua
mostrando sus huesos felinos al destino que aguarda.
Los pies regresan solos

al deshogar con niños a la entrada,
al lecho conyugal donde no quedan ganas,
las armas y las sábanas están intactas,
hay un cuerpo familiar petrificado en el lado derecho de la cama,
el suyo se comprime silencioso, seguro en los abismos,
cuando al final del colchón se anuncia el precipicio.
La casa
es la calima perversa de una noche apagada,
y el mundo,

las letras borrosas sobre la pared blanca,
por eso, recita de otoño y de memoria,
con la voz envuelta en manteles de mesa,
un número de teléfono, un verbo encendido,
el nombre en el cuadro mínimo.
Lo escrito en la pantalla es el relato inexacto
del invierno que regresa,
de un futuro que carga
con el cadáver fresco de la belleza.
Ella salió mil y una noches
pisando torpe el último peldaño del único portal del barrio,
planchando con las palmas abiertas la ropa con manchas y reseca,
ella es de movimientos lentos, cargados de burbujas estalladas,
de aromas filtrados por la tapa abierta de conservas pasadas,
despacio, como luna menguante,
volcó vasos enteros en tascas y bares.
Hoy es mar que revienta,
que no deja de correr por la cuerda floja que silencia
el deseo baldío de las almas que incuban penas y perlas,
caer en jardines, cultivar flores rojas,
asaltar con besos de farola cuerpos astrales, gotas,
iluminar las esquinas a deshoras,
porque la vida
es un horizonte que desamanece sin perfiles ni sombras,
una catedral que todo pecho diseña y amamanta
por pura necesidad,
por hambre de pan tierno,
por responder a un súbito mensaje incierto
venga del efímero cielo o del fútil infierno,
aunque retrate un desamor,
el último acierto.

domingo, 9 de agosto de 2015

barcos de piedra

esta ciudad tiene barcos de piedra
que fondean en noches de aldea,
y sueños con auroras
que siembran las aceras de aceitunas negras,
pero todo aquí es ajeno a tí
hasta la luna llena que penetra,
la que un día miramos
tras el vidrio brumoso de un ocaso,
la esfera iluminada aún está en el grifo del baño
junto al lavabo blanco y desconchado
donde nadé un segundo,
contigo a mi lado.
Aún hundes tus faros oscuros
hasta el fondo turbio de mis ojos blancos,
tu masa se evapora y se dispersa
por la sala de espera atestada de estrellas,
en este orbe onírico que examino despierta,
mire donde mire,
nunca estás cerca.
Mi oficio es caminar por la calle salina
velando tus huellas,
sin tener el amor suficiente
para entrar por la puerta
del universo dorado que frecuentas.
Así son las cosas,
lo importante a veces
son las sombras,
esa nube gris de un destino infantil,
o el silencio impostado trabajado a mano
de un amor sencillo y agotado,
el encuentro común que moldea el afecto
por los bares del barrio hoy desiertos,
lo importante,
es la música original
del alma que talla entre el estiércol
esa perla mínima que luce en un ojal el tiempo,
o el suelo aderezado con la piel seca
de unas hojas dignas y deshechas,
o lo que nadie habla,
lo que no logramos,
ni juntos, ni alejados.
Entra un aire de algodón de azúcar
por la puerta de entrada desgastada,
hay escasa luz en las farolas,
pienso en los muros del mundo
y sin quererlo, se esfuma una dicha tibia

de los armarios abiertos.
La vida debe ser esto y aquello,
es la punzada en el centro,
la llamada en el timbre del pecho,
el paraíso que pierdes
cuando no puedes pagar su precio.
Por eso, quizás y a veces

caen gotas serenas que mojan con destellos
la mancha oculta de un beso en el cuello,
el nombre, el carnet de identidad,
el miedo en el cuerpo,
la tarjeta de descuento para dar la vuelta al mundo
viajando en metro,
pero las noches que importan
son un jardín cargado de utopías y notas,
de cucuruchos que guardan un racimo de horas,
de barcos de piedra que flotan por la costa hendida

de momentos corrientes que rebrotan,
sueño contigo, todavía en minúsculas,
sumergida entre flores y dientes,
en los tallos y las ramas
de los milagros pendientes.

domingo, 26 de julio de 2015

la vida en la pendiente


puede que le pese la ternura del silencio
cuando su vida advierta el precipicio,
y sea azul
el cobertor del cielo y de sus labios,
ya es gris la blusa que ondea
como el humo o la vela.
Medio cuerpo,
medio tallo verde e inclinado
por el balcón de un azar no liberado,
por la pendiente rasgada de la taza,
bebiendo el té cargado
sin consumir en el vaso su pasado.
Recuesta la mirada
en el vidrio de una tarde indiferente
a la espera de una noche
que salga mutilando su desgana,
aguarda la oscuridad candente y deshojada
que abrasa el horizonte perfumado,
del que nadie contempla

en ese instante,
los cambios de color, la belleza grana,
sólo ella parece atizar con torpeza las llamas.
Revive pecados clausurados
en las palmas de sus manos,
y el vértigo pétreo del dinero gastado
en meses sin trabajo,
le pesa el plomo del anzuelo
que atraviesa su carne a la profundidad velada,
hasta tocar las sábanas del lecho añil y deshecho.
Le duele con frecuencia
la punzada del rayo que descarga
en las cumbres desiertas de las venas abiertas,
en la geografía frágil y adversa
de sus ojos de hoja pasajera,
en la resaca de los años que insoluble y borrosa
su extraño amor por las cosas vanas
derrota.
Antes del precipicio,
lucía en el centro del pecho

una fuente secreta y muda
de cascadas vírgenes e impuras, de saltos de agua,
la mina dorada
donde crecen las flores buscadas,
pero su alma incolora

no sólo en los cines llora,
todo lo que hubo
acabó retenido por feroces olas.
Ahora tiene
la última puesta de sol a sus espaldas,
y hay anuncios de manchas hostiles
en la ropa de cama,
las puertas donde ella se apoya
se derrumban solas.
Desde el umbral abonado de recuerdos ahogados,
mira las rejas de la silla de enfrente
que ocupas siempre.
Vuelve la voz flaca,
el sabor agrio de la excusa lisiada,
la cara engrasada con crema barata,
ella se abandona al tango de sus nervios,
tras la armadura de barro
la sangre caliente se desprende,
y algo definitivo, se pierde.
Queda en la pendiente
un cartel de Se Vende esta vida por otra,
pero ella no se arroja,
todavía hay un hombre,
un maldito nombre que le huele a rosas,
que cura sin saberlo
sus desnudas sombras.

domingo, 5 de julio de 2015

Cuídate, también de mí


me muerdo la lengua
para no hablar de ti a las paredes
ni a los pájaros despiertos,
mis pestañas llenas de polvo,
cumbres de perpetuas nieves,
están abiertas,
te quiero ver llegar cuando anochezca.
me muerdo las ganas presas
sin quitar la mirada del cristal graso
del mar pálido de una esquina mugrienta,
esa arista roída
donde mi piel respira ebria
el olor diferente
que trae tu serena presencia,
donde el silencio
es la voz constante que me dice
que ayer tuvieron tu rodilla y la mía
una deriva secreta y pasajera,
un roce que a plena luz sería normal
sin restos ni cenizas muertas,
que fue en la penumbra aparente
un contacto punzante
que rasgó la yema de los dedos,
el iceberg licuado de mi cuerpo.
ayer tus manos musicales
ascendieron la curva tangente
que toca
el único punto real de mi universo.
y un volcán estalló
sobre el cuero caliente del asiento
dejando bajo la lava blanda
los muebles pétreos de la sala,
las gargantas de gente cercana,
todos los puntos y aparte que había pospuesto.
y entró
en la escarcha dura de mi pecho al acecho,
el reflejo en mate de tu ojos negros,
y de repente,
del árbol que formamos
las hojas ardieron.
ahora, como siempre y nunca
soy simplemente
la necesidad escrita de ser hoja extendida
que aguarda la luz de tu vida,
la brizna de hierba que sostiene una perla,
una cualquiera,
aunque ésta
no deje de escurrirse hasta una muerte cierta.
me muerdo los labios secos por el metro de madrid
y me fumo el deseo envuelto
en papel de liar con intentos de versos,
me fuerzo en borrar del espejo
el dibujo de mi aliento alzado por tu beso,
uno que me supo
a lo que debe saber lo eterno
cuando es tierno.
Cuídate de mí, corazón,
que, a veces, muerdo.

domingo, 21 de junio de 2015

el color de mis ojos que ya no recordaba

Dedicado al dinero,
con todo mi desprecio


duermen nuestros sueños como si fueran cuerpos,
como muertos,
aunque, en realidad,
yo todavía remo en el estaque pastoso de la sala
como una niña idiota ilusionada con aquello que no pasa,
estoy donde el amor resbala,
el mío hacia ti
directo de un pasado de calma hacia la aguja helada de hojalata,
resbala el amor trivial de la lluvia sucia que decargas
y el absoluto amor
del que no entiendo por qué insistes y me hablas.
Siento el descenso aletargado de las gotas negras de grasa,
el cariño amarillento mendigado entre dientes empastados
cuando el silencio chirría en el suelo de casa.
Cada vez más larga
esa distancia que una sola sábana ya no abraza,
cada vez más dulce
cualquier ungüento sobre mi boca apretada
que aplique un charlatán piadoso en la batalla.
Ninguno de los dos quiso rasgar el plástico que le enterraba,
y cultivó lirios,
cientos de vidrios en el plato de pasta,
miles de zarzas
dentro de los zapatos molestos de la entrada,
pusimos el afecto fermentado en carcomidas tinajas
y entramos en la trampa bipolar interpretando el papel
sujetándo las máscaras,
ahora, cuando hablan de amor
no sé de lo que hablan.
Tengo en mi pecho lunas menguantes de puntas afiladas
y un corazón en guardia
sobre miles de púas en olas atrapadas.
Llenamos de escombros roñosos nuestra isla desierta
y hoy somos náufragos

penados a nadar en medio de la acera,
mira, pensándolo mal
no quiero,
no puedo,
no necesito nada,
después de tanto estiércol abonando las ganas que no llegan,
de toda esta tristeza taponada en las venas,
de todo lo vivido sentados a la sombra de cloacas inmensas.
Vamos llenos de intentos que perecen,
de zombis que regresan
para salvar con uñas desgastadas las ruinas saqueadas,
y ahora suspendidos, la vida nos castiga en la pizarra.
Ayer, un hombre se acercó a tocarme la cara
y habló del color de mis ojos que ya no recordaba,
¿es el tiempo amarrada? no sé,
es la astuta ignorancia que también se contagia
porque no hay cuerda, no hay ancla,
no hay un solo motivo para que no me vaya.
El fruto de mi vientre lo llevaré conmigo,
mas hay otra lacra,
es el pan que no ganas lo que te atrapa,
el dinero que araña hasta una simple página,
para esta mujer
no hay zapatos de reina que un ciudadano paga,
pero ahora,
tengo un arma infalible y humana,
sé el color de mis ojos

y son verde esmeralda.

martes, 9 de junio de 2015

futuro de niños

no sé si me hablas a mí
niña bonita
de tu alma maquillada,
de la joven que exhibes
por un bosque alumbrado de rocas taladas,
de la máscara que llevas
por huir de la mujer que, no lo dudes,
te alcanzará mañana.

A unos pasos del ahora,
al tiempo lo devoran las arañas,
pero aprovecha aún
niña bonita
corta con las tijeras la cinta afilada del alba,
pon flores tiernas en tus piernas
antes que el agua marrón las sumerja.
no reconocerás la habitación
niño bonito
después de quitarte la ropa
al sentir que tus músculos se aflojan,
cuando entiendas
que hablar sólo de ti
incendia la hermosura en la ventana,
vuela de un tiro a Cupido,
y siembra de piedras rotas
los trazos minúsculos de las cosas.
A unos años de aquí,

el vientre hoy cariñoso de las camas
escupirá tu nombre, y el nombre de tu amada,
saldrán goteras en tu cuerpo cano,
no habrá postres de carmín,
ni golosas llamadas,
pero aprovecha aún
niño bonito
que puede que te lleguen

muchas cartas,
que firmes otros labios con miel alcoholizada,

que prendas ardor adolescente
en tierras vírgenes o casadas.
no sé si sabes
niña bonita
que no serán los hijos
quienes echen la tristeza de tu taza,
que perderás las curvas afinadas,
que un día, dejarás sin razón

de limpiar la terraza,
después será el espejo de la sala,
ya no preguntarás cuando regrese
dónde estaba.
la lluvia inopinada caerá sobre su casa
mojando de cenizas
la brillante corona que llevabas.
no te sorprendas
niño bonito

que una noche de euforia
la flor ya no se abra.




domingo, 31 de mayo de 2015

Conversaciones con una nueva vida

Sabe que vendrá
un golpe distraído de un sucio destino
o un disparo del tiempo desdentado
a robarle la posibilidad prohibida,
y no habrá gota que descienda
del borde del ocaso
al suelo mar profundo del abrazo.
Ese día,
calentará en un cazo las flores del espanto
sin prestar atención al temblor de la mano,
y dejará en su boca mal planchada,
las espinas clavadas y el polen disecado de su cama.
Saldrá perfumada con el olor breve
de las tardes de un mayo denostado,
con el alma arrugada en una caja cerrada,
y recorrerá las calles de otra forma,
desnudando serena
las
banales horas con sus fútiles glorias.
Bailará,
con su piel apuntando la luna astral,
devorando las noches que pudo estar sola,
y moverá sus pies por esquinas de corcho decoradas,
entre cubos de basura arrinconados
que esperan la bolsa que interrumpa
la exigua vacuidad de sus entrañas.
Evocará tangos y fados
por la orilla perfilada de tu cara,
para calmar su aliento acalorado,
sus brazos agotados
de pasar el platillo por bares y plazas,
danzará con el cuerpo,
con su animal perdido,
con las estrellas heladas que nadie reclama.
Sabe que vendrán
tempestades de hojas a enterrar su mirada,
por aquel corazón que te dejo alquilado
y al que sigues llegando como a tu propia casa.
La lluvia cuando venga
no tocará ni un pliegue atravesado de su espalda,
chocará en las fachadas, abrirá las ventanas
esas que muchos cierran
por no ver la derrota ocupando sus salas,
el agua entrará
por la memoria de las grietas blandas,
por los desagües prietos de vidas arruinadas,
por la esperanza clavada en el tablón de anuncios
de una portería que cuida la desgana,
y ella
pondrá una luciérnaga blanca
en todos los altares, en todas las llagas
donde el ambicioso mundo no alcanza.
Ese día, 
huirá de bellas durmientes no despertadas,
y mascará el pienso del pasado entre los dientes,
pidiendo un trago del futuro claro en aguardiente
antes de un té amargo y caliente,
entonces,
le hablará a la nueva vida desflorada
de aquello que vendrá,
de los deberes pendientes,
de las deudas de amor aún no cobradas.



miércoles, 20 de mayo de 2015

Viaje a la orilla verde


El cielo vive seco
en la orilla verde,
en la playa sin futuro que me brindas,
en la sal dulce del agua tostada,
en la vida asustada que encarnas.
Un coche se acerca y nos secuestra,
somos grava tirada en el camino,
ramas que se tocan
cuando la lluvia cae, y mansamente,
se marcha.
Siento el volumen de tu cuerpo sin ser mío,
y lo que sucede,
sucede en tercera persona,
donde no estamos ninguno de los dos,
donde no importan las sombras,
donde no somos, cuando ser sobra.
Cruzo el oro aferrada a tu mano sin saberlo,
y por primera vez, te miro,
te dibujo,
te sonrió,
me despierto.
En tu pupila oscura
arde el acento de la frase quemada,
el tópico silente del ayer preso,
cárceles de celos bloqueadas de amor,
el alcohol de un dolor consumido y deshecho.
Tus manos huelen a tierra escarpada,
al sudor de flores rojas que no llegan a casa,
a sueños blandos y enfermos
que acuna la noche triste
si viene embarazada,
mientras,

tu vida y mi vida callan
esos sucesos banales que no dicen nada.
Te mueves, y me muevo,
como una invitación mutua a una utopía clara,
a un desvío, a un deseo que no apruebas,
a una adivinanza asida en la grieta de labios
que no hablan.
Soy la mujer que en un día de sol
el destino coloca a ciegas

borracho y perturbado,
y aún así,

mis ojos tan vecinos a los tuyos
en algún raro momento,
te amaban.
Abro un hueco a la semilla que lanzas,
al hueso de la fruta que nos falta,
a ese pensamiento entre palmeras
que emites de costado hacia la cama.
Seguimos mal sentados,
uno al lado del otro,
en un silencio armado que nos guarda,
y pido una palabra
y la palabra llega, con su flecha y descarga,
entonces, la libertad se apaga.
Vuelvo al suelo vendido donde jugué de niña,
a la barra de pan,

al llanto en el cristal de la ventana,
no sé qué es lo que pasa,
vuelvo a la niebla, a la aguja enhebrada,
al viento del deshielo,
vuelvo a la orilla verde,
en un coche
con la vida cercada.

miércoles, 29 de abril de 2015

Sobre todo, ella


A las mujeres de ciudades libres

Sobre todo,
es esa boca arruinada y desvalijada
que espera en la consulta sin querer respuestas,
segura de que a su edad
los acertijos han sido resueltos,
que el día y la noche, sin cara ni reverso,
son los mismos que fueron.
Su vejez
habla en las pupilas acuosas sin reproches,
y a sus ojos ha vuelto ese azul intenso

del instante primero en que se abrieron,
fuera ya de la madre,
lejos del vientre calmo del mundo
donde fueron hechos.
Quedan manchas sobre el punto suelto
de su chaqueta negra,
la que usa domingos, días de fiesta,
cuando por alguna razón sale a la puerta,
son rastros que deja la sopa
cuando la mano tiembla
y llueve en su barbilla alguna gota densa,
licor de ajo y caracolas,

con sabor a cebolla,
a recuerdos molidos mientras cocina y piensa.
Por partes, la falda oscura, clarea,
ese paño recosido, la tela espesa,
su uniforme de escuela, su escudo,
que a diario cuelga con esmero
en una simple percha.

Lleva la prenda salpicada de migas secas,
de la barra de pan que pellizca
cuando se sienta a la mesa,
come sin apetito, frente a una ventana abierta
donde dice proyectan
películas de amores perros y felinas guerras.
Sobre todo,
es las manos que esconde
dañadas del pudor y la inocencia,
a los veinte, apoyaba sus dedos blancos
sobre las piernas, vírgenes de estíos y tinieblas,
que olían a jabón, a lumbre de leña,
a colonia en frasco de cristal y fresca.
Los huesos deformados

hoy rozan a destiempo con músculos lentos,
con un cuerpo encorvado
que desciende
solo a su centro,
y ella se cuenta
el cuento
de que aún queda tiempo,
que el alma es femenina, y nunca pide
ni hombre ni materia para seguir siendo.
A su edad dice, la edad de los aciertos,

le gustan las ciudades libres,
donde mueve pujante
su figura cambiante
por el muelle sumergido de los puertos.

sábado, 18 de abril de 2015

Feroz primavera


En esta feroz primavera,
surgiré de las rayas de tu camisa
o no surgiré nunca,
porque en ti
hay piedras que alargan el camino,
esa ruta escarpada que no deseo acabada.
Surgiré de los espacios solitarios
que duermen detrás de los sillones,
de las esquinas desnudas
que sólo alcanzan las farolas viejas.
Prenderé a mi blusa
aquel guiño de segundo
en que me supe vencida de por vida,
y algo del polvo vetusto y azulado

que vuelcan en mis piernas
sabias fieras.
Y ahí mismo, donde haya quedado
la huella irreversible de mi zapato en el asfalto,
allí crecerán pequeños intentos
en poca tierra,
y parirá el cemento un poema prematuro,
que habrá de nacer invisible
o no nacer nunca.
Amigo,
que me falta una rama en el sol cuando amanezco,
que me falta una ola cuando las cuento,
que este mundo cuadrado
se desplaza horizontal por un plano universo,
que salgo de las botellas por el estrecho cuello
apretando las curvas de mi cuerpo
en el cristal opaco que marcan tus dedos,
que de todos los barcos que estrellé contra las rocas
aún me alcanzan sus maderas húmedas
y aún me tientan las fosas.
Surgiré de la línea de esa boca cerrada
o no surgiré nunca,
porque a veces, amor, no hay más remedio
que trasnochar con la desgracia,
y echarla un brazo en la espalda,
y acercar los labios lentamente a su mejilla azorada.
Te dejo la llave en el mostrador del bar
sin una dirección que te oriente,
y es que me sobra lo que no sucede,
todos estos silencios de hierro, esta historia

que no comienza, pero que cada noche
al bajar la persiana, se vuela.
Surgiré del pétalo carnal de cada ojo,
o tú surgirás de mí,
o de esta feroz primavera de hojas tiernas
con perfume barato, ya agriado,
que te recuerda.

jueves, 26 de marzo de 2015

Hubiera nacido contigo


Me quedo aquí
pegada a un cuerpo que desciende
pero ¿a dónde?
Voy por angostas tuberías
que arrastran el desecho imaginario
de un cuadro irrealizado,
voy con la mujer soñada que me trata
con la cadencia de las flores muertas.
Estoy aquí,
quizás por esa hiriente razón atronadora
que me arroya,
me pasa por encima con un coche niquelado
que yo misma he limpiado.
Y desde esta posición acomodada,
veo pasar las victorias que lloran

a sus hijos caídos en derrotas.
Voy empapada del sudor de una gota,
oculta en la arena hasta las cejas,
mutando en un desierto irrespirable,
siempre buscando el lugar
donde nunca nadie
me pregunte ni me alcance.
Y baja a mi lado, un temor lozano y ordenado
que parece mío,
la misma partitura, el mismo engaño,
el mismo desaliento viejo
que bebe arrodillado detrás de las cortinas
cuando la noche entra y le viola con prisa.
Me quedo aquí
pegada a un corazón que no puedo dejar solo
pero ¿por qué?
tal vez porque él me lleva y yo le ofrezco
un deliro de amor ingente en mala compañía,
late y no cuestiona ni mi calor frío de estío
ni la sonrisa averiada en el taller tirada,
ni siquiera la nueva promesa en la que él
simplemente, no cuenta.
Voy navegando entre tibios destrozos,
los míos sobre todo, pero también los de otros,
voy entre lo hecho sin pecho
desde esa cobardía humana
que anula el valor necesario
que francamente, me falta.
Hubiera nacido contigo, lo digo,
pero soy de aquí,
y como el grano sembrado en algodón mojado
vivo esperando,
soy carne de descenso
que echa raíces para no llegar lejos,
voy a esa nada sagrada que casi,
casi ya siento.

lunes, 16 de marzo de 2015

Delante

Delante, delante no hay nada,
me lo dicen dos manos de mujer
que sólo yo sé
empiezan a aflojarse,
a hincharse, a doblarse cuando la tarde escapa,
me lo dicen estas curvas que ya no contengo,
estas canas que como un truco de magia
y según la luz,
nacen entre el césped y la ropa gastada,
entre el cristal y este rostro,
entre el espejo y mi reflejo.
Delante, delante no hay nada,
porque detrás están todos los calcetines largos,
el uniforme azul,
el gesto articulado
que reventaba mis labios de un placer combinado.

Detrás, detrás está el adiós en musidos puertos
donde de lo que obtuve,
quedó un solo punto cierto

en la curva afilada de un horizonte hambriento.
Están los naufragios aceptados,
los vasos llenos de abrazos ahogados,
los enemigos buenos
que sin saberlo, te roban un mal momento,
y está, ese perfume fuerte de hembra
que guarda la colmena,
que ahuyenta de la cría tierna
la mirada del lobo
que duerme siempre, demasiado cerca.
Delante, delante no hay nada,
soy hoy la versión incrementada de la misma planta,
el planeta tendido en la ventana, entre galaxias,
la estrella de mar picada por gaviotas, dolida por el sol,
que aguarda con cierta inquietud las horas.
Y danzo, ahora o desde siempre,
un baile intermitente del que no recuerdo
ni siquiera los pasos,
y menos,
a quién agarro.
En ese detrás, se hunden bocetos y objetos
que flotan en un azul modesto,

que descienden lentos
al fondo que acuna igual
a monstruos errados
que a lunas caídas del beso.
Detrás, detrás están esas columnas asimétricas

hechas de piedra y papel, en tinta de color incienso,
esas esquinas secas a las que la lluvia negra no llega,
folios que tumbará la noche
cuando con un golpe borroso, nos toque.
Delante, delante no hay nada,
y detrás no estabas,
y si detrás no estás,
puede que un día me canse
de mirar por ti este hoy a la cara,
y puede, que nada de lo que haga valga,
pero he dicho puede,
que es como decir quizás
o decir casi nada.

lunes, 9 de marzo de 2015

Tiempo escrito


Lo que importa
no lo escribe, no sabe
y cuando la noche de papel cansa
poco importa si está escrito,
su palabra es un rostro deformado
que ella busca de cualquiera de las formas
para dilatar la cara redonda y oculta
del fósil que trasporta en un reloj de concha.
Su mano desciende sola
sin ninguna reserva
por el páramo en blanco,
por esos labios partidos y delgados
de los trazos sudados,
y sólo por unas pocas letras,
y sólo para unas rancias horas,
viste de falda corta y blusa fina
aunque luego con ellas puestas
se arrastre a la frontera
sobre el barro que forman
las cimas desiertas, las metas violentas.
Escriba o no,
ella reposa como un ave confiada
marcando la respiración cortada
de un volcán exiguo,
con entrañas calientes y ligeras,
con el corazón atento pero hendido.
Ella hace un ruido discontinuo
como de agua corriente
sobre un fregadero lleno de platos y restos,
y en la ventana,
deja relatos mordidos que después de leídos
se los lleva el tiempo al libro de los presos.
Con los dedos desvestidos
sacude la emoción,

sacude el momento,
para escuchar sobre el tablero despejado
cómo hierven las sílabas en tierra,
cómo suenan las odas pasajeras
antes de ser amor o no serlo.
Acaricia la materia viva
como una segunda piel que existe fuera y tibia,
los brazos de las plantas,
la espalda de las piedras,
el pelo del agua que chorrea.
Al final de las líneas,
están los dioses regios y tristes
que leen a escondidas las páginas prohibidas,
y está,
ese temprano golpe de cielo tiznado
que deja en ella algo irreversible y truncado,
algo que no cabe ni en la frase
ni en el hueco de un pecho exagerado.
Cansada ya, hace girar las tuercas del alma
tejiendo a gotas la otra mirada,
buscando un placer menor sin huellas anotadas,
para mover el ojo vacilante
de la palabra fija a la persona errante.
Y así, la noche de papel regresa
al umbral donde ella boca arriba tropieza
con su presente en las cuerdas,
la cotidiana negrura se lleva por un euro

y en periódico envueltos,
un puñado de versos.

viernes, 27 de febrero de 2015

Las cajas del imposible olvido


Descataloga recuerdos,
tus recuerdos,
ya no le hacen falta,
ni abrigan ni consuelan las plumas del ave que ladra,
son placas de hielo que el amor arrastra,
sacos de arena de enormes dimensiones
envueltos y apretados en la tela áspera,
son fruta seca que cayó en el vientre y que la tierra traga.
Ella no es ella sin ellos
pero no quiere cuentos contigo,
no bloquees la salida del sol que ella esperanza,
no rasgues esa piel mutante de sus alas
que le haga sumisa y callada.
Descataloga secuencias talladas,
tus secuencias,
que incuba su frágil memoria desnatada
y un corazón de azúcar derretido
por farolas que alumbraban como pueden
el frío de las horas que descansa.
Y aquellos gestos tuyos, tan tuyos,
acaban confinados por orden alfabético
en cartones cortados y apilados
en medio de la plaza donde dos orcas varan.
Ella une las piezas del puzle
con cuerdas de la ropa mojada,
no las fuerza, las tensa y abandona,
pero sabe que habrá arañas
en las rocas del pecio de su cama
tejiendo telas dulces y azuladas, donde quedará atrapada.
Ha dejado de frecuentar las cálidas sonatas
que encierran bajo llave emociones usadas,
y le duele con los ojos abiertos,
ese alud de imágenes comunes y enfrentadas
que quedan en la retina soldadas.
Ella no es ella sin ellas
pero no quiere un deshielo contigo,
prefiere el iceberg perdido,
los sueños caducos o dormidos,
quiere aligerar su cuerpo de estragos finos,
desenterrar las semillas que tus dedos sembraron
en el suelo ignoto que tocaron,
porque el cielo estrellado es también, lejano y espinado.
No quiere que le pese dentro del cuerpo
tu alma más la suya,
con tanta palabra esquiva,
tanta maniobra callada y subterránea,
tanta fábrica de blandos desencuentros en rebajas,
y ella quedar fuera abrigada, en la calle soleada.
Deja las cajas catalogadas
junto al cubo de basura en el portal de tu casa,
y no sabe por qué
pero se anuda como una gata
a los pies de un olvido que acuna y canta,
y así, hasta volver mañana,
con los mismos recuerdos en otras cajas.



miércoles, 18 de febrero de 2015

Propios y errados


Veo en tus ojos ese agujero blanco
por donde cae tu asombro,
miras mis bolsillos llenos de papeles
y no entiendes que aquellos restos rotos
sean para mí, sacros bienes.
Me hablas,
y veo en tu boca esa fuente apagada
que se traga mi ropa,
dices que no tengo definición ni forma,
pero no lo pretendo,
más bien lo busco así, y lo fomento.
Déjame que te diga que no quiero acentos,
aquellos que tú lanzas
desde dentro de la jaula hasta tu ego,
ni victorias borrosas
donde el dolor extienda las alfombras,
no me dejes nada que pueda utilizar,
nada rentable,
yo escarbo en las dudas,
en lo inútil,
en lo no viable.
Y guardo las cáscaras,
las infinitas formas de una larva que nace,
los cortes de un pasado que no enlacen,
los deshechos sueltos
de aquello que la tierra lanza al viento.
Crezco en el silencio,
y en el grano pequeño que descartas,
en las tenues esquinas donde la luz no alcanza,
y en las plumas más viejas de un ala solitaria.
Crezco en la hierba pisada y fatigada,
en los planos secundarios,
en las escenas cortadas que no reclamas,
en el mantel de plástico de una barriada.
Y tiro cada tarde mis cartas
al ocaso de fuego que avivan las magas,
los sabios perdedores,
las ninfas desahuciadas,
las sirenas del mar por olas golpeadas.
Te sabes cada escalón torcido de mi cuerpo,
cada cicatriz real o dibujada,
cada cueva escavada,
cada vena marcada,
el punto en que mi piel se vuelve escarcha,
pero no conoces, en verdad,
ni la portada.
No conoces

qué nombro cuando estoy
cansada y atrapada
en el fondo profundo y seco de la taza,
o qué pido al río al caminar

sola y contigo.
No eres una extraña, no mires lejana,
como un espectro suspenso en el espejo,
con ese retrato apurado
que siempre haces de mí
tan errada.

sábado, 7 de febrero de 2015

Constantes vitales


No sé si la vida es este límite
que acaba en la geografía de mi cuerpo,
o antes.
No sé si es la vida, digo,
esa cuerda de fuego
que nunca a la misma hora
empieza a enredarse dentro,
una harina de arenas densas en leche y mareas,
el viento enrarecido que arrasa las células
o esa bola de plomo a velocidad de infierno
que recorre sin sur ni norte mis recuerdos.
Tal vez la vida sea
esa estrella invisible y sin estela
que engulle el suero pardo de la tierra,
y empuja las paredes de mis huesos
hasta agotar su tamaño,
hasta que no la contengo.
Siento crecer raíces
en el centro hendido de mi ser alterno,
ese germen que incubo en horas de sueño,
que defiendo con garras, con desvelos,
con silencios femeninos,
sin saber si es bueno.
Y mientras tú me hablas
su masa se duplica, se triplica,
pero tú no lo sabes, no tienes la llave,
ni el tiempo que precisas para abrir el encuentro.
Esa bola que digo
va cargada del gas menor del tiempo,
devora los vacíos, los páramos,
la planicie que acoge un sólo pensamiento.
No sé si la vida es este límite
que marcan
las curvas de mis brazos,
los perfiles de mi espalda o de mi pecho,
el rostro que veo en el charco pero no en el espejo,
mis piernas que se cruzan
cuando acaba una noche que no fue de cuento.

que cuando la bola escapa
rompiendo fácilmente las telas que me tapan,
entiendo que la vida
también estalla.
Lo hace más allá
del cuenco que sostengo entre momentos, 

de la intimidad cosida, planchada o arrugada,
del animal con carne vegetal,
de las fieras domadas.
La vida va más lejos
del mapa que detalla los lindes que retengo,
se expande inflamada y experta

saliendo de las redes sin anzuelo,
y no sé
si ella se detiene
si la vida se estanca, digo,
cuando cruza el límite privado

de otro cuerpo afilado
con su falsa daga.


viernes, 30 de enero de 2015

Convivencia


Te desespero
como la última gota de vino
sobre la piel dañada de un bar desalojado,
como la mano que sigue con los dedos las horas
sobre un reloj de cuerda imaginario,
como el párpado rojo de un ocaso breve
que amanece turbado en un banco del parque embarazado.
Te desespero
cuando cruzo los días sin mediar la moral ni la norma,
sin prestar atención al roto de una media o de la otra,
cuando encuentro tu imagen en la pared gastada
y te dejo una nota recogida del suelo y arrugada,
las noches que prefiero
no tienen pasajeros ni llegadas.
Te desespero
cuando al margen del río corazones de piedra me derriten el alma,
cuando ordeno el armario y me sumerjo lenta entre sus aguas
y estoy durante meses mezclada con la ropa y las nostalgias,
cuando insisto en volver
al bosque inalterable del silencio,
a mi vientre materno,
al cráter de una herida que tu quieres curar, pero yo te detengo.
Te desespero
y presento un recurso de mi rural locura a tu urbana cordura,
para olvidar la enormidad del verbo en dos trazos pequeños,
para encontrar ventanas que acojan mi mirada
estos ojos fugados que vuelcan con sus alas.
Te desespero
por hundirme en el fondo de un mar de luz caliente
y rendirme a la nada
cuando es tiempo ocupado en tu hambrienta mañana.
Tal vez por eso,
dejo un rastro sembrado en la materia orgánica,
una conversación pendiente en el alambre,
un mensaje que emigra con una sola frase,
tal vez por eso,
para que nunca me halles,
yo te falle.




miércoles, 21 de enero de 2015

Tango de vida


Cojea desde que la vida le golpeó la pierna
y el único golpe que le dio
rasgó la corteza de su mirada hierba.
Oyó campanas de guerra bajo la almohada,
miles de pies cansados o vendados
atravesar la nieve algodonada de la cama.

Con un solo gesto, la luna que abrasaba
retuvo sus manos secas,
y aún estando sus pies libres
no los movió, tampoco las piernas.
No hubo tiempo de ocultar los desperfectos,
y recibió al día que llegaba
sin hablarle de ofensas ni batallas,
no mencionó la derrota líquida que se extendía
desde el parquet de la habitación
a la cocina recogida y apagada.
Mientras abría la puerta,
metió naves que zarparían sin ella
en los bolsillos estrechos de la falda que llevaba puesta,
notó barcos hundidos en el vientre
un mar inmenso para una corta espera.
Tardaron en llegar sus pensamientos,
sentió que la luz solar había vencido al tiempo,
no había farolas vivas tras el cristal del baño,
ni penumbra sucia de bares
latiendo en la calle o el barro.
Los brazos le crujieron al recoger del pelo
el saludo ambiguo del sueño despierto,
y oler a confusión, y saberse mortal,
y a la vez recordar
que la muerte vendrá y siempre estará cerca.
Ella enfrenta el orbe con un té sobre la mesa,
difuminando su instinto animal
en el lento ulular de unas nanas caseras,
toca el vaso, toca la tierra,
cree que dejó todo a medias.
Todos los nombres que la vida le daba
están ausentes en su mente,
y flota en el mar de una productiva nada.
Adora dos diosas paganas,
la diosa madre que alimenta el alba,

la que fecunda el alma,
sabe oraciones que nunca reza
aunque para otros sean sacras.
Da sorbos cortos en la tarde que entra
y piensa que la vida es larga y lenta.
A ella le importa no la primera
sino la segunda gota de las cosas,
aquella que definitivamente bate la calma,
que hace de las ondas concéntricas la norma
no la excepción en la pantalla plana.

Abre cartas imaginarias
que alguien olvida en el sofá de una sala,
en sobres sin sello nacidos bajo grava,
y hace viajar sus respuestas

con los mismos sellos, en la misma carta.
Un día más,
ella es el humo de la chimenea

que ve irse agitado en tangos largos y usados,
danza con zapatos de hebilla sobre un suelo empedrado,
ella cojea,
pero nadie parece darse cuenta,
ni siquiera la vida

que baila con ella.

martes, 13 de enero de 2015

Signos vitales


Hay un olor frío de rodillas dobladas
las de una mujer que tirita ternura
tal vez arrullada,
las de un hombre que mira las suyas temblar
tocándose el pelo,
queriendo salir
cuando los dioses de la infelicidad
le reclaman.
Hay una espesa niebla sobre el vaso caliente
también sobre la taza,
ella bebe cristal, él porcelana,
ambos rozan sus vientres como si allí durmiera
el destino o ladrón
que ninguno de los dos
atrapa.
Hoy ha muerto deprisa la tarde
como huyendo del día o de la vida,
mientras ella cosía
la red de su blusa,
y él la grieta abierta en la camisa.
Olía a desamor vulgar
a vertedero de afectos
a poza conocida que visitan.
Hay un dolor de soga en el cuello
que palpan,
una cintura hinchada
que marca el duelo eterno del mañana,
de la carne de ayer agotada.
Hay una mujer que me mira
y un hombre que oye mis pasos
sin importarle nada.
Soy la otra que va vertiendo
pálpitos lívidos en mares secos,
por cielos sólidos y lienzos,
que me atrevo a olvidar el tiempo,
los deshechos propios,
que voy donde crezca el loto
del nombre que desconozco,
que pido que caiga en copos
la brisa sobre el cemento
y lo corte en trozos.
No hay estrella que siga
ni me siga,
y la última gota del ojo
la vierto en la mesa contigua,
para leer la mancha escrita,
ese poso acuoso que la madera
no filtra.
Veo una mujer que sigue de rodillas,
y dos signos vitales que se cruzan
uno se acerca lento
el otro se toca el pelo
y se aleja sin prisa.