mejorlavidasimple

mejorlavidasimple

domingo, 30 de noviembre de 2014

Lugares comunes

No hay nada como este páramo donde instalo mis defectos,
este pedazo de tierra que cultivo sin paredes ni glorias,
esta habitación abierta al dolor, al amor y sus ofertas,
este suelo que no me pertenece
que no se vende
ni quiere estar en venta.
No hay nada como esta mesa común y hasta ruin
que recibe y destruye mis olas,
esta madera rayada que sigue mi rastro,
que despluma las horas,
que persigue a varios violadores de recuerdos
y despeja el gozo triste al final del desierto.
No hay nada como esta extraña baldosa que guarda silencio,
que calla y me mira cuando a solas confieso
que no quiero tus versos,
que dispense a las musas,
que deje en el momento sólo unos buenos tragos
del olvido que reservo a los malos tiempos.
No hay nada como esta meseta de impulsos en cadena
de balcones abiertos sin rejas
de oxidados andenes al que no llegan trenes,
porque sólo desde aquí
acierto el tiro e inicio el vuelo.
No hay más que unos metros cuadrados
en esta estancia vacante y callejera
que no acepta regresos ni equipaje,
y todo lo que quiero
lo clavo por sus puertas de cristales,
o en el fondo vacío de sus vasos de vidrio.
No hay nada como esta orilla que se alarga ínfima
cuando las noches se tuercen espalda con espalda,
y al cuerpo que siento cerca
no lo quieren las sábanas abiertas,
entonces sé
que es bueno creer que no es ahí donde el mar acaba,
que la línea errada del río todavía nos salva,
aunque muera el deseo
en las mismas piernas que lo criaban.
No hay nada como esta llanura sazonada de luces
donde estallan estrellas subterráneas,
nada como este humedal inmenso en que flotan las piedras con las almas,
los nombres que me diste, las etiquetas vanas,
donde se hunden lentos los juegos del azar, los desencuentros. 

Nada como este lugar normal para no ser ni eterna ni añorada
para serle infiel a la rutina,
para alimentar con ternura los desechos famélicos
que algunas veces, dejan sin ti, los días.


martes, 18 de noviembre de 2014

El amor cometido


El amor cometido
deja arena fría en la alfombra de fuera,
un reclamo sumiso en la nevera,
animales huidos de trampas perfectas,
tibias hondonadas donde apoyar los dedos,
deja el condimento azaroso del silencio parco
al prestarte los besos,
errores hervidos en el mismo consuelo,
ese peso del pecho abrigado y latiendo,
el olor de otra piel humana en el aliento
del único de los dos que espera.
Mientras
el ruido de un avión cruza la mesa puesta,
y me retiro con la humedad de la casa
al cristal de la puerta,
miro el marco inferior donde explotan
los hilos de una cascada que baja lenta,
y voy al lugar donde un mar cualquiera de lunas plenas
convoca el calor vehemente de la acera.
Llega la risa que anuncia una paz cosida,
ondas que alcanzan el lodo y el loto,
cae nieve oscura en la almohada aplastada,
veo ojeras sobre la cama hecha,
y en el espejo de un mueble de madera,
cruzan miradas dos mujeres idénticas
que han aguardado eras para hablarse
y al verse, callan.
Tal vez reconocen en sus rasgos iguales
aquello cedido por nada,
esa superficie afable y confitada,
el gozo que aparecía de pronto
removiendo el café espumoso con las alas.
Les recojo el pelo a las dos como si fuera propio,
y atiendo tu llamada desde el cuarto,
te abro en la distancia la frontera cerrada.
Las nubes descargan un gas de azafrán
que estampa en rojos la pared de la tarde,
que encoge mi sombra corporal al propagarse,
que crea espacios donde acoger a dioses
de escasos recursos y breves discursos.
La ciudad se encierra en coches habitados,

en el metro atestado,
en los pozos de amor secos del barrio,
y en esta playa mutante de sabios ignorados,
de amantes solitarios, de héroes amarrados,
crece la hierba fresca de archivos y rarezas,
hay un reflejo líquido de deseos no dichos
que prende poco a poco en la taberna,
hay esa claridad rasgada en la ropa planchada,
el catálogo de un día más, cumpliendo la jornada,
y en ese horizonte desnudo que nadie vigila
la tierra y el agua de nuevo se separan.
Me llamas desde otra ventana
para escribir el final del amor cometido
del relato no habrá portadas,
no hay titulares para las castas bajas.
Te confieso antes de ser acusada
que me duele a veces como un castigo injusto
lo que no tuve,
duele como una daga,
como una hebra de pelo enredada,
pero pronto pasa.
Hoy abandono la idea de amarte,
y olvido tu memoria en los altares,
de golpe esta historia se llenará de canas,
soy culpable, lo sé y lo sabes,
como aquellas mujeres idénticas
que de tanto buscarse
al verse, callan.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Sólo ahí


Ella es el océano que oculta la nube creciente de tu espalda
la respuesta a tu venda embalsamada
a tu pecho sin espuma ni corales
a la fría superficie de tu piel de metal purgada y esmaltada.
Ella no acepta en su playa de retales
que llegue la derrota pintada con su nombre en tu mirada,
que el cielo de piedras estrelladas
sucumba por sus piernas detrás de tu llegada.
Ella sonríe, poniendo en agua
los ramos que le ofreces desnudos de emociones,
los abrazos hundidos que profieres
ahogando con tu peso los brotes podados de ilusiones.
Ella lava
esa salvia caliente que dejas en su tronco cuando atracas,
el cráter profundo que abres a los pies de su muralla,
y reza, y sólo ahí reza,
al despuntar los barcos por la casa.
Y antes de que las voces que trajiste queden calladas,
ella es infiel a la ropa planchada y retocada,
a las melenas largas y peinadas,
a los puntos de luz que indican el camino hasta tu plaza,
a esos eternos metros de distancia, donde su corazón se oxida y falla.
Ella corre como loba preñada que protege
si ha de arrullar sus días en un lecho cálido de paja,
si ha de llevar su alma original entre los dientes
por un destino imperfecto de existencias azules blanco esperanza.
Los ecos que zarparon levantan las cortinas limpias y enlazadas,
y ella repasa frases oliendo a plata fina en la ventana,
espera el despertar de un fado en los portales,
suelta amarras.
A esa hora no existe para ella el reino de hambre urbana,
ni la vasta pampa de verdades falsas,
ni los trenes que despegan sin levar ancla.
Ella es el nombre de mujer que escapa de tu vientre,

el temblor profundo de un mundo subterráneo que no alcanzas,
el caudal que arrastra el miedo insuperable que guarda tu garganta,
ella aplaza

la derrota anunciada de tu fruta pasada,
la ausencia del botón izquierdo de la manga.
Ella surca bosques de arrabales estando cerca de ti
cuando ves que analiza en silencio su cosmos, o el tuyo,
sin decir ni una corta palabra.
No tienes su registro en la agenda de números cargada,
no harás planes con riesgos, no saldrás a buscarla,

no cavarás la tierra que está encima del cielo
ni el cielo que se esconde bajo tierra,
pero aún,
ella es un contorno invisible encerrado en tu rutina
un deseo posible que tu fuerte debilidad evita
la confusión de un cruce que niega liberar la sangre oprimida,
es un cuerpo vivo que existe, cuando existes,
y rezas, sólo ahí rezas.