mejorlavidasimple

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lunes, 22 de septiembre de 2014

Ella en movimiento

Lleva un nocturno acusado
en los rojos fondos de sus labios,
en la sombra norte de los párpados.

Las tardes arruinadas,
incuba malherida
corrientes pardas que descienden,
madejas teñidas en mareas bravas,
guijarros de teína, promesas podadas.
Es lava que aplaca las miradas cetrinas,
las tristezas en saldo e inflamadas,
el desaliento un lunes de madrugada,
es mujer
que después de amar, desama.
Circula ávida de intenciones por calles atestadas
sin semáforos tintos ni curvas pronunciadas,
sin tacones que eleven su estatura aceptable
su aspecto equidistante
su perfil de animal común y afable.
Llega a esquinas que acusan su olor de bar frío
sus formas de vidrio con marcas,
su vaso lleno de gotas blancas.
Tiene la espalda hecha a la madera estrecha
a la silla coja de la cristalera,
a los huecos que abren las patas de la mesa,
al rumor rítmico de voces en pantalla
al suelo opaco de loza barata que sus pies desgasta.
Antes de salir de casa,
pasa por el espejo apuntalado del baño
e intercede por las almas azaradas,
por las cartas de náufragos sin tabla,
por las viejas playas que un edén,
de cultas razones y elegantes puertas,
mantiene cerradas.
Es mujer de hogar sin dirección,
de ruta talada en el mapa,
de pecho de alquiler poco amueblado
de barrios agotados,
de futuro a plazos,
pero vuelca letras y amnesias en un frasco
cuando sus piernas tropiezan
con otras piernas.
Mima y amamanta su figura desvelada,
su contorno femenino y descuadrado,
deja un esbozo de ella los días de domingo

en el banco umbrío, en los tendidos.
Es huerto de estrellas cuadradas,
de redes disipadas,
de surcos regulados por virtuales plantas.
Es sus manos gélidas, sus uñas cortas,
la esperanza que arde en el abrazo breve
de cuerpos que quieren estar cerca.
No plancha la ropa, no cultiva sus celos,
no retiene nombres ni teléfonos.
Hay trozos de papel escritos
pegados en su puerta,
macetas de jazmines lívidos
que huele cuando entra.
Camina y posa sus dedos en hojas
que caducan como ella,
camina y queda

una cierta añoranza consentida y humana,
un rastro proscrito

que mueve los cristales de las tiendas.

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