mejorlavidasimple

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lunes, 29 de diciembre de 2014

Imposibilidades de fin de año


Con esa imposibilidad
de recobrar el nombre que acabo de ver,
de llorar el primer paso,
de imaginar el final,
de ocultar la conquista,
de entender que la paciencia quebrada
es la escalera misma.
Con esa imposibilidad
de creer que dejaré detrás de mí
un hombre propio,
que después de ti
habrá una mujer plena,
de aceptar del futuro imperfecto
alguna fuerza.
Con esa imposibilidad
de abrir con tijeras camino a tus piernas,
de rasgar la espalda a la niebla,
de asaltar los espacios que creas,
de buscar el relámpago invicto
que no llega.
Con esa imposibilidad
de quemar
el timbre reservado de tu puerta,
de ahorcar la noche
hasta que con una arcada de ansia
te devuelva.
Con esa imposibilidad
que cubre de musgo las venas,
de hiedras homicidas
y panales de miedo dulce las aceras,
que descansa tranquila en la piel inquieta,
que construye suburbios
donde pierdo a mares mi terca inocencia.
Con esa imposibilidad
de beber de un golpe la temida pena,
de arrancar a la vida una exigua presa,
de resistir la inercia afilada
sin querer arrojarme desnuda en ella.
Con esa imposibilidad
de pedir en los parques
el color de una flor a la tierra yerma,
de ceder al destino
cualquier intento frustrado
de soltar por el balcón del mundo
tu larga cuerda.
Con esa imposibilidad
de recoger las redes llenas,
de no estrechar las manos que me esperan,
de no cruzar el puente atestado de minas
antes de que mi corazón
vuele con ellas.

lunes, 15 de diciembre de 2014

El árbol de un instante profano

Se paran en su hueco las calles,
en la fracción ignota de un instante profano
libre de contradicciones y correos castrados,
de dientes por costumbre escondidos, apurados.
No hay bruma que desmienta el futuro horizonte,
esa curva fantasma a la que acude templada
cuando vuelve cansada y sin alas.
Oye una inspiración ruidosa e incompleta
de un pecho al que el invierno ha puesto voz quebrada,
hay tristeza exhalada,

certeza de que el hoy no es mejor que mañana,
que el tiempo lo gastan las ganas de hacer,
que uno no llega al final a ausentarse de casa.
Ella sabe que paran en su hueco las lanzas,
aquellas que vienen del cielo demacradas
que llegan tarde
que nunca cruzarán una puerta cerrada.
Cuelga del árbol frutas, frases y aves,
puntos de mar que saben a tierra en resaca,
libros que odia, de los que no se separa,
trozos cortados del ayer
que pegó con celo en ventanas
para que el sol los secara.
Cuelga el malestar del cuerpo, que es pensamiento,
peces y panes hambrientos,
un par de inútiles faldas entre las ramas,
cuelga poseidones que arrasan puntales del alba
que dejan el alma clara, también sin nada.
Busca pequeñas cuerdas para atar por las hojas
ese bello acierto que vino caminando
calmando desde lejos su mirada,
cuando lo tuvo cerca, sus ojos fueron agua.
Ata nudos, tendiendo estrellas sin puntas,
bolas de cristal rasgadas, desdibujadas,
estira sin violencia las cintas de colores enredadas.
Al árbol le quedan huesos que ella no tapa,
le faltan luces y dicha que ella no alcanza,
y algún brillo en el tronco
que ayunte suavemente la venganza
de noches tupidas y heladas.
Ella se estira la ropa empapada, descolocada,
se mueve lenta sin prestar palabras,

debe dejarlo allí, vestido de gala,
en esa soledad desempleada que los dos plantan.
En un instante profano, en su hueco se para
un mundo decorado que esconde las armas,

a ella, el aire le entra impuro como una maza
volcando un gesto urbano sobre su cara,
se resiste a pensar
que él se quede allí

porque ella se marcha.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Sin cuerpos


Arrecia el tiempo húmedo en tres dimensiones
y he visto estatuas finas,
venir del horizonte hacia la acera fría,
vestidas con su carne, mortal como la vida.
Te reto, si aceptas,
a arrojar lo que conoces y buscas,
y a no ver en su rostro los ojos ni las sombras,
los pómulos salientes ni las mejillas rojas,
ni el rectángulo alargado donde cabe su boca.
Te reto,
a no encontrar en sus pechos
las curvas del Edén, sino los vientos recios
que vienen del ayer hasta el ahora,
la duda fluida que se agranda
cuando oye su nombre,
cuando toda esperanza de otro mundo, se agota.
Y en el lance,
no hallarás en sus piernas ni detrás de la tela
nada que de antemano, tus manos reconozcan,
ni el músculo distante de la espalda tensa,
ni las torres que anuncian la cadera perfecta.
Te reto,
a sufragar lo que no tocas,
el humo
que protege del oro su derrota,
la llama transparente que acude desde el foso,
la respuesta inaudible que el alba le provoca,
el hálito callado que sobre ti descarga
cuando cruzas la calle, y sin saber qué pasa,
su distancia, te roza.
Deja que sin cuerpo, de físico desnuda,
se presente en tu casa,
con paquetes cerrados donde planta gaviotas,
decenas de luciérnagas, cientos de colibrís, miles de gotas.
Deja que penetre donde escondes las sobras,
el hueco del armario donde un planeta muere cada hora,
donde notas secretas guardadas en chaquetas
esconden de la luz, todas sus letras.
Deja que avance sin olor ni materia
por el nuevo temblor de tu mano derecha,
que asome su presencia tocando tu cabeza
si en el vaho del espejo, te miras de cerca.
No dura,
subsiste en el techo lo que una breve hoja,
el tiempo entre el minuto que escapa y que regresa.
Te reto, si lo aceptas,
a que escojas de ella, no lo que ves,
sino lo que después de mirar
simplemente le queda.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Lugares comunes

No hay nada como este páramo donde instalo mis defectos,
este pedazo de tierra que cultivo sin paredes ni glorias,
esta habitación abierta al dolor, al amor y sus ofertas,
este suelo que no me pertenece
que no se vende
ni quiere estar en venta.
No hay nada como esta mesa común y hasta ruin
que recibe y destruye mis olas,
esta madera rayada que sigue mi rastro,
que despluma las horas,
que persigue a varios violadores de recuerdos
y despeja el gozo triste al final del desierto.
No hay nada como esta extraña baldosa que guarda silencio,
que calla y me mira cuando a solas confieso
que no quiero tus versos,
que dispense a las musas,
que deje en el momento sólo unos buenos tragos
del olvido que reservo a los malos tiempos.
No hay nada como esta meseta de impulsos en cadena
de balcones abiertos sin rejas
de oxidados andenes al que no llegan trenes,
porque sólo desde aquí
acierto el tiro e inicio el vuelo.
No hay más que unos metros cuadrados
en esta estancia vacante y callejera
que no acepta regresos ni equipaje,
y todo lo que quiero
lo clavo por sus puertas de cristales,
o en el fondo vacío de sus vasos de vidrio.
No hay nada como esta orilla que se alarga ínfima
cuando las noches se tuercen espalda con espalda,
y al cuerpo que siento cerca
no lo quieren las sábanas abiertas,
entonces sé
que es bueno creer que no es ahí donde el mar acaba,
que la línea errada del río todavía nos salva,
aunque muera el deseo
en las mismas piernas que lo criaban.
No hay nada como esta llanura sazonada de luces
donde estallan estrellas subterráneas,
nada como este humedal inmenso en que flotan las piedras con las almas,
los nombres que me diste, las etiquetas vanas,
donde se hunden lentos los juegos del azar, los desencuentros. 

Nada como este lugar normal para no ser ni eterna ni añorada
para serle infiel a la rutina,
para alimentar con ternura los desechos famélicos
que algunas veces, dejan sin ti, los días.


martes, 18 de noviembre de 2014

El amor cometido


El amor cometido
deja arena fría en la alfombra de fuera,
un reclamo sumiso en la nevera,
animales huidos de trampas perfectas,
tibias hondonadas donde apoyar los dedos,
deja el condimento azaroso del silencio parco
al prestarte los besos,
errores hervidos en el mismo consuelo,
ese peso del pecho abrigado y latiendo,
el olor de otra piel humana en el aliento
del único de los dos que espera.
Mientras
el ruido de un avión cruza la mesa puesta,
y me retiro con la humedad de la casa
al cristal de la puerta,
miro el marco inferior donde explotan
los hilos de una cascada que baja lenta,
y voy al lugar donde un mar cualquiera de lunas plenas
convoca el calor vehemente de la acera.
Llega la risa que anuncia una paz cosida,
ondas que alcanzan el lodo y el loto,
cae nieve oscura en la almohada aplastada,
veo ojeras sobre la cama hecha,
y en el espejo de un mueble de madera,
cruzan miradas dos mujeres idénticas
que han aguardado eras para hablarse
y al verse, callan.
Tal vez reconocen en sus rasgos iguales
aquello cedido por nada,
esa superficie afable y confitada,
el gozo que aparecía de pronto
removiendo el café espumoso con las alas.
Les recojo el pelo a las dos como si fuera propio,
y atiendo tu llamada desde el cuarto,
te abro en la distancia la frontera cerrada.
Las nubes descargan un gas de azafrán
que estampa en rojos la pared de la tarde,
que encoge mi sombra corporal al propagarse,
que crea espacios donde acoger a dioses
de escasos recursos y breves discursos.
La ciudad se encierra en coches habitados,

en el metro atestado,
en los pozos de amor secos del barrio,
y en esta playa mutante de sabios ignorados,
de amantes solitarios, de héroes amarrados,
crece la hierba fresca de archivos y rarezas,
hay un reflejo líquido de deseos no dichos
que prende poco a poco en la taberna,
hay esa claridad rasgada en la ropa planchada,
el catálogo de un día más, cumpliendo la jornada,
y en ese horizonte desnudo que nadie vigila
la tierra y el agua de nuevo se separan.
Me llamas desde otra ventana
para escribir el final del amor cometido
del relato no habrá portadas,
no hay titulares para las castas bajas.
Te confieso antes de ser acusada
que me duele a veces como un castigo injusto
lo que no tuve,
duele como una daga,
como una hebra de pelo enredada,
pero pronto pasa.
Hoy abandono la idea de amarte,
y olvido tu memoria en los altares,
de golpe esta historia se llenará de canas,
soy culpable, lo sé y lo sabes,
como aquellas mujeres idénticas
que de tanto buscarse
al verse, callan.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Sólo ahí


Ella es el océano que oculta la nube creciente de tu espalda
la respuesta a tu venda embalsamada
a tu pecho sin espuma ni corales
a la fría superficie de tu piel de metal purgada y esmaltada.
Ella no acepta en su playa de retales
que llegue la derrota pintada con su nombre en tu mirada,
que el cielo de piedras estrelladas
sucumba por sus piernas detrás de tu llegada.
Ella sonríe, poniendo en agua
los ramos que le ofreces desnudos de emociones,
los abrazos hundidos que profieres
ahogando con tu peso los brotes podados de ilusiones.
Ella lava
esa salvia caliente que dejas en su tronco cuando atracas,
el cráter profundo que abres a los pies de su muralla,
y reza, y sólo ahí reza,
al despuntar los barcos por la casa.
Y antes de que las voces que trajiste queden calladas,
ella es infiel a la ropa planchada y retocada,
a las melenas largas y peinadas,
a los puntos de luz que indican el camino hasta tu plaza,
a esos eternos metros de distancia, donde su corazón se oxida y falla.
Ella corre como loba preñada que protege
si ha de arrullar sus días en un lecho cálido de paja,
si ha de llevar su alma original entre los dientes
por un destino imperfecto de existencias azules blanco esperanza.
Los ecos que zarparon levantan las cortinas limpias y enlazadas,
y ella repasa frases oliendo a plata fina en la ventana,
espera el despertar de un fado en los portales,
suelta amarras.
A esa hora no existe para ella el reino de hambre urbana,
ni la vasta pampa de verdades falsas,
ni los trenes que despegan sin levar ancla.
Ella es el nombre de mujer que escapa de tu vientre,

el temblor profundo de un mundo subterráneo que no alcanzas,
el caudal que arrastra el miedo insuperable que guarda tu garganta,
ella aplaza

la derrota anunciada de tu fruta pasada,
la ausencia del botón izquierdo de la manga.
Ella surca bosques de arrabales estando cerca de ti
cuando ves que analiza en silencio su cosmos, o el tuyo,
sin decir ni una corta palabra.
No tienes su registro en la agenda de números cargada,
no harás planes con riesgos, no saldrás a buscarla,

no cavarás la tierra que está encima del cielo
ni el cielo que se esconde bajo tierra,
pero aún,
ella es un contorno invisible encerrado en tu rutina
un deseo posible que tu fuerte debilidad evita
la confusión de un cruce que niega liberar la sangre oprimida,
es un cuerpo vivo que existe, cuando existes,
y rezas, sólo ahí rezas.

jueves, 16 de octubre de 2014

Mala lluvia

Con y sin ti
recogeré del asfalto brasas o espuma
ese recuerdo azarado de un segundo largo,
casi ausente,
en que tras el cristal me viste sin verme.
Y aunque avisten mis ojos
silencios respetables de oficina
cruzaré indiferente el río y su corriente,
subiré por la espalda de otros sueños
los ajenos ofrecidos,
los prestados a parco precio,
los débiles de nacimiento,
a cambio de dormir contigo
en este faro o en otro
del afónico destino.
Y mientras, con y sin ti,
la urbe exhalará sobre los labios mudos
su hálito violento de animal perplejo,
y esta ciudad que los dos andamos,
animará hogueras hambrientas
que calmen el incendio
de la vida mediocre en las aceras.
Y lejos yo de ti,
o tú de mí, si lo prefieres,
haré crujir bajo mis pies farolas viejas,
esa ternura estival de aspirante
que luce mi solapa
cuando dejo los bares,
entonces, voy cargada
de palabras hilvanadas en el lino de la falda,
de noches hervidas sin esquinas alumbradas,
de afectos y secretos picados de impaciencia

por errores de lugar, de viento.
Y cuando el olvido puje para echarte
algo que hará sin duda tarde,
dejaré abrazos sueltos rodando por las cuestas
como ofrenda de apego a lo Imposible,
y en la pared, algún beso apoyado
que otras bocas sabrán usarlo.
Notaré el descenso de las hojas muertas,
un amarillo de otoño sobre las piernas,
y al ser árbol desnudo,
dudaré de la dicha eterna
que ofrecen ignorantes

mi cielo y tus profetas.
Haré sin ti, lo que no haría contigo
aunque no sepa qué haríamos juntos,
quizás resbalar el dedo
por el borde de un vaso repleto,
por el pomo de una puerta sin saberlo,
por el marco de un portal para matar el tiempo.
Y ese flaco momento quijotesco
llegará cortés y demacrado,
ajado, con la lanza hincada,
y vendrá la mala lluvia

sobre tierra mojada,
porque, con y sin ti,

la vida pasa.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Torpeza propia

Qué torpeza, amigo,
querer huir del tráfico de influencias,
de las malas costumbres que riegan las virtudes,
de caricias afanadas que apolillan la piel al rozarla.
Qué torpeza, lo sé,
ir con prosa sencilla
a tu barrio de intelectuales alérgicos a las páginas,
de artistas consagrados que orinan en las plazas.
Gente mediática, decorada,
animadores de pantalla plana,
veletas de corriente,
ni un leve trazo de austeridad
sobre la ropa cara.
Y, en cambio - déjame susurrarte- ,
que es allí
donde la vulgaridad parece acampar a sus anchas,
donde todas las bocas conocen sonrisas falsas,
sus cuerpos añoran cirugías, el alma, no añora nada.
Qué torpeza la mía, aceptar encontrarnos
donde nadie calla ni escucha, para hablarnos.
Pasa que nunca pude negarme a una cita
y menos, si sigo intoxicada en su distancia.
Estas calles, amigo,
venden como diferente
lo que huele a armario y a medio siglo de encierro.
La originalidad mendiga por los cubos de basura
se busca algo usado que hacer pasar por nuevo.
Sé que pasarán años antes de volver a verte,
tú cada vez más de allí,
yo cada vez menos de alguna parte.
La gente te saluda y reconoce,
yo acabaré pasando cerca de ti
sin saber que eres tú, sin saludarte.
Acabaré siendo ajena a las alas que despliegas cuando andas
sólo veré tu carne mortal y terráquea,
la humana necesidad de parir deseos dentro y fuera del agua,
tu cansancio que nace debajo del ojo
que muere en el mismo área.
Veré la fragilidad de mis labios que sonríen sin darse cuenta,
con intención de animarse, no de besarte.
Mi único acto reflejo será, como hoy,
mantenerme viva,
el resto es voluntario,
qué torpeza, amigo, la mía.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Ella en movimiento

Lleva un nocturno acusado
en los rojos fondos de sus labios,
en la sombra norte de los párpados.

Las tardes arruinadas,
incuba malherida
corrientes pardas que descienden,
madejas teñidas en mareas bravas,
guijarros de teína, promesas podadas.
Es lava que aplaca las miradas cetrinas,
las tristezas en saldo e inflamadas,
el desaliento un lunes de madrugada,
es mujer
que después de amar, desama.
Circula ávida de intenciones por calles atestadas
sin semáforos tintos ni curvas pronunciadas,
sin tacones que eleven su estatura aceptable
su aspecto equidistante
su perfil de animal común y afable.
Llega a esquinas que acusan su olor de bar frío
sus formas de vidrio con marcas,
su vaso lleno de gotas blancas.
Tiene la espalda hecha a la madera estrecha
a la silla coja de la cristalera,
a los huecos que abren las patas de la mesa,
al rumor rítmico de voces en pantalla
al suelo opaco de loza barata que sus pies desgasta.
Antes de salir de casa,
pasa por el espejo apuntalado del baño
e intercede por las almas azaradas,
por las cartas de náufragos sin tabla,
por las viejas playas que un edén,
de cultas razones y elegantes puertas,
mantiene cerradas.
Es mujer de hogar sin dirección,
de ruta talada en el mapa,
de pecho de alquiler poco amueblado
de barrios agotados,
de futuro a plazos,
pero vuelca letras y amnesias en un frasco
cuando sus piernas tropiezan
con otras piernas.
Mima y amamanta su figura desvelada,
su contorno femenino y descuadrado,
deja un esbozo de ella los días de domingo

en el banco umbrío, en los tendidos.
Es huerto de estrellas cuadradas,
de redes disipadas,
de surcos regulados por virtuales plantas.
Es sus manos gélidas, sus uñas cortas,
la esperanza que arde en el abrazo breve
de cuerpos que quieren estar cerca.
No plancha la ropa, no cultiva sus celos,
no retiene nombres ni teléfonos.
Hay trozos de papel escritos
pegados en su puerta,
macetas de jazmines lívidos
que huele cuando entra.
Camina y posa sus dedos en hojas
que caducan como ella,
camina y queda

una cierta añoranza consentida y humana,
un rastro proscrito

que mueve los cristales de las tiendas.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Lienzos en compañía

Al final dejas
el golpe dulce de un ala en mi espalda
la sonrisa iniciada que nunca acaba
el letrero de ocupado en la baranda
la costra de una culpa que no sangra
la tarde en el felpudo de mi casa.
Y muda todavía,
no ladraré de ardor en la avenida
ni guardaré las ruinas que creaste
ni el ancla que me clavas al marcharte,
no tardaré en curar
el rostro que besaste,
en recorrer las plazas que anegaste
en destruir la calma que ocupaste,
en deshacer sobre la mesa
la promesa sin alba que olvidaste.
Al final serás
mi compañero en el lienzo,
la luna negra que duerme de costado y a mi lado,
la noche que se tensa entre las almas a medias,
la curvatura del árbol que desciende a los cielos
donde hallar la rala oscuridad que lo proteja.
Serás al final
el súbito temblor que genera el rumor del metro,
el guerrero de los cráteres vacíos de mi cuerpo,
la sombra que mece mis dudas y dunas
con cualquiera de tus versos.
Y ciega todavía
te seguiré buscando por la noche y la vida,
pensando que no estás,
que nunca regresaste si alguna vez llegaste,
y empuñaré mi vaso en los ocasos
declararé la guerra a unos cuantos tiranos
al silencio del poder consagrado, a sus gusanos,
a la sed que genera la enquistada riqueza,
a las noticias empotradas
en la fría comida, en sobremesa,
a tu urbana despedida,
a mi debilitada fuerza,
y en bancos de madera
grabaré simplemente aquella frase bella.
Y así, al final
los días sencillos traerán recompensa
lágrimas blancas que estaban secas
sonrisas cristalinas y extranjeras,
barcas en la ciudad,
lienzos en compañía,
soledades nuevas.

viernes, 22 de agosto de 2014

Olvido en femenino

Me olvido que soy mujer
y recorro las calles como perro abandonado,
para acabar
tumbada en aceras que huelen a alcohol ajeno,
la mirada fija y caída sobre pisadas trémulas
que guardan fresco
el barro de un zapato apresurado y pasajero;
y sé 

que anduviste a mi lado mordiendo rabias y rutinas,
sin percatarte de mi cuerpo anudado en el gris,
de la desazón que produce verte pasar cercano.
Me olvido que soy mujer
y escapo por la ventana como gata en celo
lamiendo las heridas del placer en las esquinas,
para que nadie note que voy tocada de ausencia,
desgreñada de insomnio,
hambrienta del calor austral
que en el otoño que creaste todavía cabe;
pero no es por ti que hago la noche
es para no morir hoy
sin un miserable verso
que me devuelva el aliento.
Soy ave que amanece sin planes de futuro,
empapada en el sudor de un canto moribundo
de días sin alimento ni vuelos,
y no oculto
la grieta de las alas al pájaro vecino que pregunta
por mis ojos abrasados
por mis andar arrugado y lento;
no hay cielo que me aguarde,
ni azul divino ni infinito menguado que me busque
no hay cúpula ni estrellas sobre mi cabeza
donde arrancarse las plumas una a una
por un “sí” traicionero o un “no” sincero.
Me olvido que soy mujer
y huyo como pez en el agua de las manos que me atrapan
de tu sonrisa blanca y alquilada,
de la espuma negra,
del oleaje en las pestañas que la vida arranca;
salto del cubo y quedo en medio de unas piernas
aleteando mi ser extraviado
a la procura de un ancla en tierra seca;
y prefiero
tropezar con la locura
que hartarme de cebos formales y cordura.
Me olvido que soy mujer
para entrar en los portales,

en las jaulas,
en la fina piedra de la ranura de un alma,
hasta acabar abatida en tu nido,
muerto mi instinto animal y felino.

domingo, 10 de agosto de 2014

Costura de estío

Repaso mi falda, sus costuras,
puntada a puntada,
sin otro pensamiento que disipar en la tela,
por partes o entera,
tu falsa entrega.
Incómoda coso las dudas caseras,
las luces quebradas, las fotos apagadas,
y queda un ladrón elegante
robando en silencio
el ruido caótico del pecho.
Llegan brumas arrugadas a la entrada,
nubes manchadas de gotas afiladas
que enjaulan las ganas,
para que no escape ni reclame,
para que presa en la silla
no logre abandonarme,
ni olvidarte.
Cae la aguja, se pierde entre las piernas
y al tirar del hilo sale una pena tierna,
un miedo que parió la noche
un beso prematuro y seco
que debió caer tras un reproche.
Sigo cosiendo,
entro en el bar húmedo de colores tensos
con los dedos torpes,
a punto de encallar en cualquier pliegue
sin hacerlo,
a punto de naufragar en tierra firme
sin saberlo.
Con la mano cada vez más lenta,
más vieja la verdad roída,
corto sin tijeras la memoria,
estirando los puntos de la ropa
con deseos fríos de otras horas.
Siento una calma febril y sólida
resbalar por la cuesta de mi cuerpo,
y erosionar sin dificultad
los pálidos retales, famélicos recuerdos.
Queda tu eco de trapo oculto en una calle,
tu dialéctica segura y disonante,
los ebrios fantasmas del ayer
durmiendo en los portales.
Te miro, y no consigo coser derecho,
paso mi mano para ayuntar la ceniza,
las sombras tejidas,
las hojas de otoño perforadas y escritas.
Remiendo una alegría leve
que sigue encendida,
un anhelo sediento de realidad
que aún vibra.
En las últimas puntadas,
me fallan los ojos que te buscan,
las costuras abiertas me duelen como heridas,
el estío se enreda en sus algas nocturnas,
me pincho,
te pierdo en la falda,
al dios de lo banal y desunido,
le pido que remate lo tejido,
que diga quién diablos cosió
mi corazón furtivo,

al tuyo que adoro y esquivo.

 

lunes, 21 de julio de 2014

Sobras que faltan

Me sobra mi nombre si no lo pronuncias,
cómo decírtelo,
me sobra la piel que transporto
si no cae sobre ella alguno de tus huecos.
Me sobra el calor del pecho calcinado,
la rabia de vivir sin ti,
sabiendo que en algún lugar vedado,
callas.
Cómo decírtelo,
no sabrás nada de mí si no te acercas
si no quiebras la paz que nos separa,
si no recoges lo que de mí,
resta.
Tus cuartos de arena en la jungla urbana
los destruye la lengua inquieta del silencio,
la capa de color rasgada en la pared gastada,
la inercia del miedo que me asalta a la entrada,
el ruido atronador de una calma lisiada y agotada.
Cómo te diría,
me sobra esta ternura que condenas a cadena perpetua,
las sonrisas blandas que acaban encaladas y enterradas, 
me sobra esta espera
que te confieso, mi dolor, se me clava.
La vida que me dejas
es piedra exiliada en un mapa desierto,
es papel tachado en el último verso,
la llave falsa que no abre y no reclamas,
la ropa que duele antes de ponerla, después de usada.
Me sobran las horas limpias sin llamadas,
el olvido que dejo a fuego lento dentro de casa,
las fotos que me firmas a los pies del alba.
Me sobra la noche,
las manos cerradas en la penumbra precaria,
el día sereno cubierto de mentiras y escamas.
Cómo decírtelo,
cuanto más huyo de ti, más encallo,
cuanto más te evito, más me agarras,
cuanto menos pienso, más te siento.
Me sobra tu nombre en el mundo que habito
si no puedo acercarlo a mis labios
sin que un temblor nocivo me cobije.
Me sobra, y esto cuesta aceptarlo, tu mirada
desde unos ojos sin párpados,
esa lanza tajante que disparas
sobre mi cuerpo entregado en retirada.
Cómo decirte,
que me asedian las balas, y no logro esquivarlas,
que las sobras me faltan,
que me alejo de ti, antes de armarnos,
sin mencionarte nada.

sábado, 12 de julio de 2014

Falsificaciones

Antes de acostarse falsificó su vientre,
el dolor del costado, el golpe de sus dientes,
el aguijón de saberse durmiendo justo,
donde no debe,
usó la camiseta para vestir la noche,
y cantó con murmullos una nana de aire,
un verso sin ternura,

una estrofa tachada entre cristales.
Falsificó su cuerpo tibio y agotado,
esas líneas hinchadas de sus manos,
sus uñas desiguales y arrugadas.
Cambió los libros, sin guión para abrirlos,
miró la ropa usada que se pondría mañana,
colores plata pobre, verde marea brava.
Y antes de descender,
falsificó momentos y finales,
no quiso dejar huella
de aquella rabia suya sin defensas.
Quitó las etiquetas de las puertas,
borró las gotas negras
suyas, de quien fueran,
que marcaban de penas las aceras.
Durmió sin descansar
con los ojos cegados, con las venas abiertas,
siguiendo el movimiento
de órganos que sólo en el silencio,
se despiertan.
La madera mordía en otra habitación
rutinas del amor adormecidas,
cuando un golpe de muelas disparó la alerta,
la descarga química, el huracán de telas,
y los mismos colmillos de siempre
rasgaron su melena,
las telas del salón, la inútil certeza,
el plomo se filtró por cada brecha,
sopló en su oído, se acostó con ella.
El alba no llegaba,

el tiempo había muerto,
las horas que debían de ser claras, no lo eran,
el hielo se arrastraba entre la vida terca.
Y falsificó la luz, el rayo en la persiana,

el calor solar,
la vida en el cristal de la ventana,

y respiró tranquila,
no supo que vendría el eco de su voz
también de día.

lunes, 30 de junio de 2014

Amor reciente

Hace días que encuentro el buzón abierto
la casa iluminada cuando entro,
los libros recogidos, la mesa puesta,
la cama perfecta.
Hace días que llego y la puerta está abierta,
la ropa tendida, el suelo pulido,
los muebles sin huellas,
la blusa en el armario, los cuadros centrados,
las cortinas dejando que la luz, entre serena.
Veo el sofá sin marcas,
los cojines dispuestos a los lados,
el ordenador cerrado,
las notas colocadas de recados.
Ni una miga manchando la madera,
ni una gota caída en la bañera.
Y cruzo el salón hacia el balcón directa,
a respirar imperfección y tristeza,
a ensuciarme los brazos con la baranda de fuera,
a sentir las plantas con sus dedos finos
ablandar mis durezas.
No logro enfocar los perfiles en lápiz
que cambian de acera,
que saludan, que pasan con niños,
que miran sin respuesta unas caderas.
El aire tibio, la luz caliente,
con el ritmo cardiaco del que miente
en hoteles de luto y despachos,
con frases y deshechos que se inventa.
Es la vida cercada que huye a ningún sitio,
da igual que mida el tiempo,
que apile los recuerdos,
camina en línea recta al infinito.
Cuento televisores y fachadas,
destellos discontinuos de pantallas planas,
cuerpos echados que duermen agotados,
y otros que esperan, como yo,
la playa y una lenta madrugada.
Siento el frío lamer mi cuello por la espalda,
el fiasco del deseo, los frágiles verbos,
la indiferencia hija de la abundancia,
y escapo de tu casa inmaculada
hacia mi casa,
por un mar de aguas torpes, de
 calles falsas,
con la esquela de amor

reciente y arrugada.

lunes, 23 de junio de 2014

Nota para gaviotas

Llega desabrigada a barras y taquillas
con pies acartonados, suelas roídas.
Y recuerda abrazos rotos hace años,
el sueño que aún le late bajo el barro.
Yo, como ella,
perfilo con mis uñas en las mesas
mapas de estelas finas que regresan,
los rasgos de ese rostro que nos niega
salir del tiempo usado, del eco amado,
del conocido olor de un ser humano.
Ella aprieta su falda
contra un cuerpo cualquiera,
y alarga la luz parda
de momentos que escapan
sin prestarse las camas.
Ella, como yo,
descubre alguna cana al despeinarse,
y olvida si se puede, los días que perdió
batiéndose en la orilla contra nadie.
Cuando llaman, responde
intercambiando risas y retoños,
sin comentar que sigue deshojada
en el parque del barrio, en el suelo de casa,
en su huelga de hombre,
de heridas que no sangran,
de frases incompletas
que cuelgan del balcón con amenazas.
Para ella, el tiempo
es ese gris que pasea su alma,
es la persona ajena con quien cruza miradas
sin sentir dentro nada,
es el poder viciado que contamina el aire,
que hunde lo posible en su maraña.
Lee libros, labios, versos subrayados,
y a veces, como yo,
busca las llaves,
empuja la puerta,
aparta los zapatos y se sienta,
tirando su derrota con una nota roja
que narra su victoria a las gaviotas.

lunes, 16 de junio de 2014

Ayer quise hacerlo contigo

Sabes,
ayer quise hacerlo,
derribé la áspera muralla que levantas,
retiré del pozo la luna apagada,
las colmenas secas de dádivas,
las capas de cometas derribadas.
Y arrastré los escombros,
peldaño a peldaño,
por la vieja escalera que ruge todavía.
Reconozco que lloré todo el trayecto,
que maldije en la baranda sin testigos
la tarde que acepté tu compañía.
El hierro y la madera desmembrada,
vigilaron de cerca mis paradas,
y recuerdo mirar con avidez
la profunda falla, ese hueco infinito
que se cuela por los pisos,
que existe, sin ser, en verdad, nada.
Sabes,
llegué al felpudo liso de la puerta
antes que la lluvia me alcanzase,
sin dejar sobre el suelo ningún lago,
ninguna lágrima suelta,

ninguna pista extraña.
La espalda tembló tras
el esfuerzo
busqué la llave, la paz en la falda,
y resbalé piel húmeda contra piel quebrada
por la pared tensa, usada.
Acabé sentada donde otras veces
en ese espacio en que aún no estás en casa,
pero, esta vez, no pensé en viajes,
no leía, no tenía en las manos una taza,
no esperaba, ni quería que llegaras.
Esta vez, mi latido entraba en coma,
lejos del cielo y la esperanza,
esta vez, bordaba sin hilo, sin aguja
un adiós corto en bolsa blanca.
Sabes,
ayer quise hacerlo,
lento, marcando la balada con el cuerpo,
con barcos de horizonte en la mirada,
con velas que alargasen
los besos en la cama,
y sabes,
no quise contigo,
quise,
con aquel que amaba.

martes, 10 de junio de 2014

La mujer que no ves

Por una mujer, por tantas. 

No miente, destrozaría tu nombre
si esta paz de su vientre no se negase,
por romper su savia lentamente
y beber las lágrimas
que quería libres de tu marca.
Eres el infierno al que por cielo se llega
la máscara que oculta la vileza
el veneno que emana rencoroso
por las fosas oscuras de la tierra.
Aplastas con tu peso las estrellas,
el mínimo suspiro,
la inocente pregunta
de quien no quiere la guerra.
La boca de ella
tiembla aún cerrada
musita palabras ciegas, que nacen ahogadas,
el perfume negro de su cuello
viene con rancias promesas.
Y el necio destino,
no hunde a la mala gente,
no le condena, le absuelve.
Mientras,
sus manos femeninas pierden fuerza
y su rostro de luto, la calma conquistada,
la virginidad cuidada, la risa franca,
la piel de sus recuerdos
huele a pena profunda y oxidada.
Son jirones de papel, lo que ella arranca,
todo lo que lleve
las letras que te llaman,
el roce de tus dedos,
la muerte que hasta su puerta
arrastras.

miércoles, 4 de junio de 2014

Hombre

Para el hombre de las semanas y los versos 

Eres el hombre que miro,
el perfil que desciendo sin sospechas,
el que vuelvo a subir sin que lo sepas.
La hoja de papel que mezcla victorias afanadas
con precoces derrotas no contadas.
Por tus ojos pasa el rayo visceral
del centro incandescente de la tierra,
son espadas de punta afable y afilada
que atraviesan la realidad preñada
y abrazan la semilla que germina en ella.
Enfocas el momento, y entre tus garras
haces el amor a la planta más frágil,
a la voz que pide asilo entre tus brazos,
a las notas del piano oscuro que cojea,
al gesto interno
de la mano que encuentra
disponibilidad en tu cuerpo.
No devoras nada, pero aplicas
intensidad candente a la vida que cercas,
y arden los dos metros y medio del Café
que nos alejan.
Sólo escucho un rumor exagerado de espigas

al desabrocharme el pecho,
un susurro que espanta pasados y credos,
que pega sus labios en el cristal rasgado
de la puerta proscrita de los cielos.
Eres el hombre con sonrisa guerrillera,
que pasea su alma por barrios de oprimidos e indigentes,
de sabios que mendigan y meditan,
de mujeres que cantan si no duermes.
Toco el vaso profundo, toco la mesa
y una frase de amor me estalla en las yemas,
eres el héroe imperfecto que navega
por la superficie líquida del té que resta.
Los dos sentados, atentos al verso,
rodeados del aliento ventoso de los sueños,
de musas que prensan mis entrañas
y arrancan lágrimas sanas a la ropa calada.
Eres el territorio que admiro,

que miro,
a la distancia acordada.

lunes, 26 de mayo de 2014

Hora

Encuentro dunas y erratas en los besos dormidos,
arena blanca y gruesa por piernas arropadas,
tengo un silencio crudo refugiado conmigo,
soy cuerpo solitario que levanta.

El humo de la noche deja la carne tibia y hundida en emociones,
hay estelas abiertas por palabras sin frases,
y hay pensamientos fríos posados como insectos en el agua,
soy esa presa fácil que se viste y anda.

Desciendo la escalera a oscuras asida a tu lado ausente,
cruje la madera y el mundo no despierta,
quiero esquivar los lobos que duermen en la puerta,
siento mi propio peso al abrir las aceras,
soy ese abrazo largo recogiendo la mesa.

Antes de este lugar, hubo hojas sueltas,
gotas secas de barro duro en la vereda,
y no ha cambiado nada desde que no hay estrellas,
nada puede cambiar sin tu presencia,
soy la mano en el pecho que respira tensa.

Tengo la misma cara del destino imperfecto,
la mirada de vidrio verde en la botella,
la tormenta y las ondas de un pensamiento a solas,
ese olor de las piedras que regresan,
soy hora tal vez, pero no sé cuál de ellas.
 

jueves, 15 de mayo de 2014

Despertares

Abrigué mi corazón,
le aparté del calor de tus manos,
de la lumbre intermitente de tu cuerpo,
del recuerdo acalorado de otros ojos.
Le arranqué de tus brazos,
porque no eras arena blanda,
ni el descanso involuntario en la tarde mojada,
porque un nudo en la garganta
no me dejaba moverme,
ni explicarte.
Me viste recoger rápido
todo lo inmaterial que suelo llevar puesto.
Agradezco la falta de preguntas,
no había fácil respuesta.

No te gustó el pañuelo al cuello,
los viajes de meses, siempre lejos,
mis ganas de estar en la frontera,
de defender la fragilidad,
la no-violencia.
Sacudí mi ropa con un gesto sincero,
para dejarte allí lo que no fuese mío.
Y no encontraste nada que decirme,
mejor así,
las palabras que no aciertan,
acaban en el suelo sin defensas.
Elevamos
los ángulos cerrados de los labios,
despidiendo la noche con dos leves sonrisas,
el resto de nosotros,
se mantuvo discreto.
Desanduve la calle
misma estación,
mismo vagón de metro.
Al salir, recuperé el sol,
el presente imperfecto,
ese murmullo de un fado callejero,
el latido fiel y doloroso del tiempo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Simple declaración de amor

Simplemente no supe
retenerte,
simplemente pasó media vida
sin que estuvieras,
y no perdono
que los vientos trajesen tu llave
y la perdiera.
A veces, como hoy,
mi piel es cristal que quiebra fácil
que tolera poco la tristeza,
ese denso silencio que aparto en el plato
frente a un hombre que confundí contigo.
Simplemente
ya no puedo esperar a que aparezcas.
El último hilo de tu nombre se deshace
y no consigo elevar la marioneta.
El mundo y la calle
me asaltan con violencia cuando voy a buscarte,
no quieren que me aleje
yo creo que temen que no vuelva.
Simplemente no tengo
el coraje para amarte,
ni seguir el texto
en el punto y aparte que dejaste,
será por eso que, simplemente,
te pierdo.
La vida simple, ya sabes,
nace de una lámpara de aceite,
de un territorio minado de quimeras.
Y ahora debo romper
las redes que me encuentro cuando duermo,
barrer pétalos, periódicos desechos,
tazas frías de té, ojeras y ánimos viejos.
Simplemente no supe, y no sé,
si todavía deseo
tu llave y aquel texto.

miércoles, 30 de abril de 2014

Luna niebla

No es verdad, que pueda detener
en el aire
esa gota que el grifo desecha,
esa lágrima dulce y clorada,
ese mar de cielo contenido
habitado y único.
Nada, ni siquiera el pulso en tu garganta
me es ajeno,
ni la playa inmensa de espacios de reposo
que es tu cuerpo,
sea el primero o el último en que anides.
Es falso, lo sé, que puedas recorrer
esta calle conmigo,
a esa hora del viento en los rezos,
del miedo de la presa
entre redes o rejas,
cuando cedo mi turno en los buzones
a cúmulos de polen y recados,
cuando el día sin ruido
se repliega,
cuando empeño a usureros
mis finales felices,
las perlas azuladas de mendigas princesas,
los abrazos que doy o que recibo,
las estrellas fugaces, las huérfanas,
la ruta del río por parajes yermos.
Nada, ni siquiera un pálpito en tus sienes
me es ajeno,
como si en este asfalto, este universo,
de pisadas de piedra, de mundos por nacer,
de medios absolutos y obsoletos,
algo tuyo hubiese despejado
con una luna suave
el humo de un temblor,
mi niebla.

jueves, 3 de abril de 2014

Sin darme apenas cuenta

Sin darme cuenta, te sigo,
entre gruesos troncos de selvas desiertas,
por cubos de basura, y atardeceres

llenos de fisuras y tristezas.
Y ya no espero
ni un breve triunfo,
ni una gloria.
Te sigo, porque al dejarte,
el papel que te escribí regresó

miles de veces a mis piernas,
con huracanes, credos perforados,
sombras sin paredes ni suelos
que protejan.
Y ya no espero
ni un soplo en la mejilla,

ni una flor en la mesa.
Por mi pupila cruzó anoche
la más famélica promesa,
pero me recogí el pelo,
y abandoné el barco

antes de lamentar otra pérdida.
Soy mal capitán de mis días,

lo sé,
con este amor de mar
que reconstruye mis ruinas,
pero no las habita.
Mis horas dejan migas
por calles que conoces
y no tropiezo contigo,

y acabo en un bar
sin humo, bien decorado,
conversando con otro

sobre el placer diligente.
Y ya no espero
ni habitación de hotel,
ni hueco en tu maleta.
Vuelvo,
al lugar donde no tengo casa,
hay sol y nubes,
hay esa estela de calor
que prudente dejas a mi lado,
entre un beso imaginario

que olvidaste para otra.
Y te espero,
sin darme apenas cuenta.

lunes, 10 de marzo de 2014

La marea

Esconde su rabia detrás del abrigo,
es capaz de odiarle en un segundo,
y arrojar de su pecho su presencia.
Abandona la plática cerrada,
él no escucha, ella no entiende,
y será ella quien empuje su imagen
al suelo de un abismo.
Huele a humedad el coche que les lleva,
no giran la cabeza,
él retiene con los dientes la tormenta,
ella destroza con sus ojos los cristales,
busca fuera la paz herida y fusilada
por la larga grieta del momento.
Y si abre la puerta, y si escapa.
Sería otra huida al portal de enfrente,  
a la mesa del mar donde amanece
cercada por el té y la madrugada,
por emociones esparcidas
entre migas de papel y estampas.
Comparte asiento,
y entra un hilo de luz que la golpea,
que muestra sus ojeras,
su mancha en la mejilla,
una absurda obsesión por encontrarle.
Huele a humedad el coche que les lleva,
en el asiento sus cuerpos se separan,
con parcos movimientos,
las piernas se apartan.
Ella quiere olvidar pero no lanza las redes
tiene miedo a que venga la marea,
una marea cualquiera,
y se la lleve.

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuatro deseos

Sube, desea una escalera infinita,
un incendio que destruya el escenario,
un asalto que le robe la calma.
No quiere enterrar encuentros,
no puede regresar sola
con la sonrisa sucia
en el bolsillo secreto de la blusa.
La ropa de verano le pesa
como un crudo invierno.
Se detiene,
mira de frente su puerta
y carga con la compra diaria
de momentos muertos.
Sabe que eres y serás
el que no llega,
lo dicen las llaves en sus dedos
que pasa de mano en mano,
no tiene ganas de abrir,
las recoge del suelo,
acabarán cayéndose de nuevo.
Su pecho blando, el vacío,
es cenicero de luces tenues.
Y se cansa de ella,
de sus sueños y delirios,
de la torpeza de la piel,
de poner cuerpo a tierra,
de esa insistencia ciega
de grabar en la madera
torcidos y silenciosos
cuatro deseos.





miércoles, 26 de febrero de 2014

Caracolas

Ruido de caracolas
cuando intento que no olvides,
al menos,
que no me olvides pronto.
Flores gigantes en la línea roja,
porque sueño que vienes
a buscarme a la alcoba,
y cambio el universo
por esa breve imagen
que muere cada noche.
No quiero seguirte,
vasta el encuentro lento
en el ocaso orgánico
que paro,
cuando miro tu nombre.
Suena constante
aquel caer del agua
en las falsas fronteras,
quiero cruzarlas todas,
poner polen de un verso
en un cuenco de barro,
derramar la espera.
Siempre que estás,
hay algún nuevo día.
Ruido de caracolas
en el asfalto crudo,
rostros de amaneceres
en náufragos
que huyen
y rompen sus promesas.



viernes, 7 de febrero de 2014

El cuerpo

Ella, deprisa, cansada,
esperando a que vuelva.
Prevé la llegada,
el baño, el olor de comida,
las horas muertas del día
van caídas.
Una conversación breve, acotada,
el cruce de miradas
corteses, caducadas.
No hay preguntas de ida, ni de vuelta,
conservas en lata,
botes cerrados, alineados,
cada cosa visible
en el lugar errado,
no se dan cuenta.
Si alguna vez, hubiese.
Ella ordena, perdona,
las piernas le pesan,
la piel reseca,
nuevas canas, nuevas grasas,
ya no estrena nada,
su cuerpo es lo que es,
no lo que fue,
no interesa mañana.
Con lesiones antiguas
se sienta,
descubre un hilo suelto,
tira, rompe la falda,
pone el dedo
en la costura abierta,
cierra heridas, las físicas,
las otras.
El tiempo ya no es viento,
ya no mueve, ya no mece,
ya no cuida de ella.
Su tos errante molesta,
y el color del sofá
igual al de hace años.
Si alguna vez, pudiese.
Ella cree sólo en dudas,
cabeza atrás, el cuello cruje,
relee una opinión
entran motas de polvo,
un cuerpo sin un alma
no es un cuerpo,
Lo contrario,
es también cierto.

sábado, 1 de febrero de 2014

Por una mentira

No sentía los pies,
subía indiferente,
no podía dejar de pensar,
en el batiente de la casa
a la que iba.
Sólo miraba el agua
cargada de tierra,
densa y ligera
como yo otras veces.
Estaba rendida
a la tilde, a la risa,
al imán que retó
mi lado furtivo.
Remonté la calle sin farolas,
tiendas sin mostrador
ni alimentos,
comida, fruta expuesta,
madres que venden
con hijos pequeños,
puestos de tela invisibles,
callejeros.
Podría haber habido
una alarma, un incendio,
un cometa abatido
enfrente mía,
no sentía más vida, que la tuya;
culpé al destino,
por tanto corazón posible
y sólo, pretender uno.
Pero al llegar, 
no existías,
quise esperarte fuera,
fingir una cita,
pegarme al metal, a la puerta,
y por primera vez,
oír mentiras.

sábado, 25 de enero de 2014

El regreso

Creo
que no existe en los mapas,
aquella geografía

de largos laterales y pendientes
Que han tapiado la gruta,
el túnel que llevaba hasta tu cama;
que volaron los puentes, las veladas,
y saltaron en trizas las palabras.
Creo
que no dormirán mis sueños arropados,
hasta que en un bazar del mundo desbrozado,
dé de golpe contigo.
A este invierno le sobran mariposas
que plieguan sus alas y sus rezos,
por un lugar donde morir deprisa
a bajo precio.
Creo
que el mal que noto en el asfalto
trae siempre el mismo daño,
sentirse en un desierto despoblado
por un bosque de brazos alargados
que no llegan a ser jamás humanos.
Y regreso,
al salón de velas hundidas,
de telas arrugadas,
a ese calor de ocasos y de albas,
a la sal, las luces, las terrazas.
Al toque de tierra de la entrada,
a esa pereza fina en los cristales,
a la alegría adicta de reconocer
la casa que dejaste.
Huelo el perfume de su cuello
en los cuadernos de viaje,
en los detalles
que rapta la distancia.
Y creo
que no podré encontrar ningún espacio,
donde dejar mi lanza recortada,
el color de las sombras,
las lágrimas de cunas y batallas;
que aún no existe un café en este barrio
donde apartar a golpes las certezas,
y arrebatar a tu lado

un vaso a la belleza.