mejorlavidasimple

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jueves, 10 de octubre de 2013

Silueta de una noche austral

En los ladridos nocturnos,
algo teje mi cuerpo junto al tuyo,
a ese sueño que de tí conservo,
roto y malherido, profundo.
Descoso lento el corazón dañado
sumida en mi silencio,
que es derrota y calma,
mujer infiel sin batalla, ni escudo.
Olvidas mi presencia rasa,
y el aire que destapa la caricia,
sigues allí en el desierto frío,
mientras purgas mi afecto,
de malos pensamientos,
de desvíos.
Es mejor que me aleje,
a paso torpe, difícil,
como quien no quiere y no puede;
entra niebla bajo la puerta cerrada,
y el día de estrellas vanas,
de esperas prematuras e infundadas,
por fin,
se apaga.
No me senté a tu lado,
ni hubo marca del vaso en la madera,
la noche austral trae ecos sueltos,
mosquitos, promesas,
ruido de trenes y taquillas yermas,
adoquines que aguantan
ese peso insoportable del deseo.
Nadie teje ya,
sólo el amanecer, los ojos negros,
los pies descalzos, la ropa y sus girones,
la carencia,
se acerca lo diminuto y perfecto.

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