mejorlavidasimple

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viernes, 30 de septiembre de 2011

Busco poema

Perfilo la ciudad de Buenos Aires,
sentada en el costado del barco.
No puedo imaginarme
una despedida diferente.
Veo sus casas y calles reducirse.
Miro el mar de tangos,
de ese pensamiento triste que se baila.
Leo a Sábato.
Llego a Madrid, mi ciudad,
porque has entrado en ella.
Suelto amarras en los versos
que hablan del límite de la realidad
en universos humanos.
Busco con la razón una causa solidaria,
pero es sólo donde todo empieza,
el lugar del encuentro, o desencuentro.
Se llena la noche de luces
que retratan en las ventanas
otras historias;
se llena de esas miradas atentas o dispersas
cargadas de respuestas.
Huele a octubre, y esta mañana
desordené con los pies
las hojas del otoño,
buscaba el corazón del mundo,
o sólo el poema.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Nube

Soy agua sentada
en territorio ocupado,
moviendo las ondas de un cielo que estalla,
que desordena lo conocido,
lo real, lo cercano, lo familiar, lo seguro.
El miedo con forma humana,
se sienta a mi lado,
y tantea la ductilidad de mi espacio inacabado.
Su olor a vacío traspasa las emociones frágiles,
y su tacto opaco acaricia la derrota,
buscando las zonas cero.
Salgo a descubrir las calles
y a quienes las atraviesan.
Hay un rastro de té sobre el asfalto.
La nube del miedo urbano,
la nube del miedo humano,
se aleja.
Entra el viento de viajeros seguros
sin mapas ni papeles,
el eco de una voz y su verso lazarillo,
el rostro de mi regreso en invierno.
Entra en la taberna,
la certeza y de su mano, el encuentro.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Futuro posible

Cayeron besos en su rostro,
con el rubor de los adioses,
y pensó que no volvería a intentarlo.
Cruzó la calle con los pies calados,
cerró el paraguas.
Dejó que el espacio entre ambos
resbalase sobre su espalda y marcase su destino,
el de ambos.
Crecía la línea que les separaba,
como el tallo de su voz en el escritorio,
Olía a tierra, a madera,
a nube censurando su soledad.
Caminaba con las manos en los bolsillos,
buscando una entrada y
desafiando su horizonte acristalado,
el de ella.
Tropezó con el pasado y
aceptó que fuese como era,
no sin sentir un huracán de calor
en el centro de gravedad de sus sueños.
En el banco del barrio,
con las mejores vistas a lo cotidiano,
recordó el agua salada, lo cercano,
la risa espontánea, los amigos,
el olor de su universo al despedirse,
el de él.
Y supo que todo era un futuro posible.